Mateo 5:3-11 Dichosos los pobres en espíritu… Dichosos los que lloran...
Dichosos los humildes… Dichosos los que
tienen hambre y sed de justicia… Dichosos los compasivos… Dichosos los de
corazón limpio… Dichosos los que trabajan por la paz…Dichosos los perseguidos
por causa de la justicia… Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente
los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias.
¿Es posible
que personas como las que describe el Señor Jesús, dejen huella ? sí es así, ¿pueden influir nuestra sociedad los “pobres en espíritu”, “los de corazón limpio”, “los pacificadores”, los perseguidos”?
Si alguien tiene por lo menos una de estas virtudes, es difícil que lo asociemos con una posición de liderazgo, más bien, solemos pensar que es frágil y débil.
En un mundo
y una época como la del primer siglo, cuando Jesús habitó en Galilea, este
tipo de creyente era difícil de encontrar ¡también en nuestros días! el mundo
es un lugar de lucha, de confrontación, de prueba constante.
1 Pedro 3:17 Si es la voluntad de Dios, es
preferible sufrir por hacer el bien que por hacer el mal.
¡Esto no tiene sentido! si usamos el sentido
común sería que, al hacer lo bueno, nos vendrá lo que es bueno y, si hacemos
lo malo, nos vendrán cosas malas; así, lo bueno debe traer recompensas y lo
malo traería consecuencias; pero, esto no siempre es así, no funciona de manera lógica.
Muchos, a
pesar de hacer lo bueno, reciben sufrimiento; y también, alguien habrá hecho lo malo, sin
recibir castigo, aunque no recibir castigo no afecta tanto, recibir sufrimiento sí es una
situación difícil de asimilar. Si alguien hace lo malo y sufre
consecuencias y soporta el castigo con
paciencia, nadie le aplaudirá; pero, sí haces lo bueno y sufres por ello, ¡Dios lo
aplaude!
¿Por
qué nos parece que sufrimos cosas tan dolorosas, tan insuperables? ¿Por qué
creemos qué todo el mundo debe moverse a una consideración profunda y sufrir
con nosotros “esos terribles” padecimientos que tenemos?
2Corintios 11:23-28 ¿Son servidores de Cristo? ¡Qué locura! Yo lo soy más que ellos. He
trabajado más arduamente, he sido encarcelado más veces, he recibido los azotes
más severos, he estado en peligro de muerte repetidas veces. Cinco veces recibí
de los judíos treinta y nueve azotes. Tres veces me golpearon con varas, una
vez me apedrearon, tres veces naufragué, y pasé un día y una noche como náufrago
en alta mar. Mi vida ha sido un continuo ir y venir de un sitio a otro; en
peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros de parte de mis compatriotas,
peligros a manos de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el campo,
peligros en el mar y peligros de parte de falsos hermanos. He pasado muchos
trabajos y fatigas, y muchas veces me he quedado sin dormir; he sufrido hambre
y sed, y muchas veces me he quedado en ayunas; he sufrido frío y desnudez. Y
como si fuera poco, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las
iglesias.
¿Qué
argumento tiene Pablo para asegurar que es mejor servidor que todos los demás?
¡Las cosas que ha sufrido! ¿No nos deja eso fuera de base con nuestros sufrimientos menores respecto de los de Pablo? ¡Los héroes tampoco nacen,
se hacen! Los que vencen más dificultades, los que influyen en su entorno, los que desarrollan “capacidad
de lucha”, son precisamente aquellos que han tenido que luchar y ¡han vencido!
La capacidad
de Pablo para no dejarse amilanar, para enfrentarse solo y con decisión, a las presiones
más extremas, es el no tan deseado “Don
del dolor” que nos impulsa siempre a avanzar en medio de la prueba, a pesar de la
soledad, aun en la debilidad.
1 Pedro 5:10 después de que ustedes hayan
sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a
su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y
estables.
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní

