Se
cuenta de una ancianita que juiciosamente asistía a su congregación cada domingo
y al finalizar de cada predicación, esperaba a su pastor y le decía: excelente mensaje,
Pastor, especial para los jóvenes; al domingo siguiente: qué buen mensaje,
pastor, especial para los varones, luego, especial para las mujeres
jóvenes, en fin…
Hasta que un día cayó un torrencial aguacero y la única persona sentada en los bancos de la iglesia era ella, así que el pastor sacó su mejor artillería… detalle a detalle, la ancianita contestaba diciendo amén a cada frase, al finalizar, igualmente esperó a su pastor y le dijo: excelente mensaje, Pastor, lástima, que no hayan venido. Jamás percibió que Dios le hablaba a ella.
Isaías 6:1 El año de la
muerte del rey Uzías, vi al Señor excelso y sublime, sentado en un trono; las orlas
de su manto llenaban el templo.
Corrían
tiempos difíciles para el ministerio del profeta Isaías, aunque solemos decir
que el capítulo 6, trata del llamado de Isaías, la verdad es que él, ya
servía al Señor, pero parecía que su ministerio era en vano, no se veía fruto
de arrepentimiento en el pueblo al que predicaba, no querían
escuchar ni obedecer, hummm… así es fácil querer abandonar el oficio que
Dios nos haya puesto.
Y
nota que Isaías, tratando de ubicarnos en contexto empieza diciendo que había muerto el
rey Uzías, “un suceso traumático para el profeta” como si dijeses: “cuando
me ocurrió eso”, “cuando mis esperanzas se perdieron”,
“cuando la soledad vino a mí”, “cuando mi confianza se derrumbó”
Es
apenas natural que Isaías se sintiera solo y desalentado luego de la muerte de
su amigo, además, frente a un pueblo que no se sentía aludido por la palabra del Señor; ¿pensaban que el mensaje era especial para alguien más? Sus enemigos, la nación de Siria, los rodeaban, nombres como
Sargón, Salmasanar y otros, eran nombres para temer y que les hacían vivir con
miedo dentro de su ciudad, aún así, no creían que el mensaje fuera para ellos.
Sin embargo, en medio del suceso desalentador, Dios se manifestó a Isaías en una visión; el ministerio se derrumbaba, las personas no escuchaban, pero Isaías vio al Dios excelso y sublime… esto es, control soberano de Dios.
¡Isaías
Le vio y Le escuchó, en ese momento crucial! Y también respondió a las
expectativas de Dios al dejarse escuchar, parecía que se ofrecía como voluntario,
pero era Dios, Quién permitía que Isaías le pudiera escuchar.
Isaías 6:8 Entonces oí la
voz del Señor que decía: –¿A quién enviaré? ¿quién irá por nosotros? Y respondí:
–Aquí estoy. ¡Envíame a mí!
En
el libro la búsqueda de Dios, A.W. Towzer, titula su segundo capítulo: “La
bendición de no poseer nada” y continúa con una oración que dice: Padre
quiero conocerte, pero mi corazón cobarde teme entregarte sus juguetes, no
puedo separarme de ellos sin sangrar por dentro, y no trato de esconderte el
terror de separarme de ellos, vengo temblando Señor, pero vengo. Por favor,
desarraiga de mi corazón todas esas cosas que he acariciado por tanto tiempo, y
que se han convertido en una parte de mí mismo, para que tú puedas entrar y
morar allí, sin rivales, entonces harás glorioso el lugar de tus pies, entonces
mi corazón no tendrá necesidad del brillo del sol, porque tú lo iluminarás y no
habrá noche allí, en el nombre de Jesús.
Cuando
exista en ti, la humilde y atenta disposición, Dios te permitirá escucharle, aunque
creas ser voluntario, la verdad es que, Sus ojos ya están puestos sobre ti.
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní

