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sábado, 19 de mayo de 2018

¡SE CUMPLIÓ EL PLAZO!

Gálatas 4:4 Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley,

¡Se cumplió el plazo! ¡Gracias a Dios! ¡Vino la plenitud del tiempo! La fecha fijada por el Padre para que quienes se encontraran bajo el yugo de la ley o bajo el yugo de los principios de este mundo, ¡fuéramos redimidos! y para que dichos redimidos fuéramos ¡adoptados como hijos! y por tanto, ¡coherederos con Cristo!

Cuando estaban dadas las condiciones exactas a escala religiosa, cultural y política, requeridas para el cumplimiento de Su plan perfecto, ¡Jesús vino al mundo! ¡El Padre Le envió!

¿Por qué era necesario enviar a Jesús? Porque Jesús, el Hijo de Dios, es Dios en plenitud. Su naturaleza divina hizo que Su sacrificio tuviera el valor infinito que se requería para expiar el pecado de la humanidad; y al nacer de mujer, de la virgen María, Jesús era también, hombre en plenitud, sólo así, podía ser “sustituto” del ser humano y llevar sobre Sus hombros el castigo por nuestro pecado.

Nació sujeto a la ley judía; como todos los hombres, Jesús tenía la obligación de obedecer la ley de Dios; no obstante, hubo una gran diferencia, sólo Él mantuvo una obediencia perfecta a esa ley.

¿Qué es adopción? Es la acción mediante la cual, una familia, incorpora dentro del seno familiar a alguien que ha sido engendrado por otra persona; puesto que los seres humanos, no regenerados, son sólo creación de Dios, la única manera en la que pueden convertirse en hijos de Dios es mediante un acto de adopción espiritual.

Gálatas 4:6 Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba! ¡Padre!”

“¡Abba! ¡Padre!” en arameo, “papito” o “papacito” Es la expresión que evidencia la relación de amor entre el Padre, JHWH y Su Hijo, Jesús.

Esta expresión debe haber estado a menudo en labios de Jesús, y su sonido debió ser tan sagrado para quienes se lo oyeron pronunciar, que lo transcribieron a La Escritura en Su lengua original. Pablo cree que este clamor, “¡Abba! ¡Padre!” es instintivo del corazón en el que habita el Espíritu Santo.

La adoración es la manifestación natural y consecuente de ser redimidos; ¡Cantamos con júbilo porque hemos sido adoptados como hijos, incorporados en la familia celestial y hermanos y coherederos en Cristo Jesús!

Salmo 98:4 ¡Aclamen alegres al SEÑOR, habitantes de toda la tierra! ¡Prorrumpan en alegres cánticos y Salmos!



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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní