Mateo 8:1-2 Cuando
Jesús bajó de la ladera de la montaña, lo siguieron grandes multitudes. Un
hombre que tenía lepra se le acercó y se arrodilló delante de Él. –Señor, si
quieres, puedes limpiarme – le dijo.
Veamos primero a Jesús, Su
rostro refleja la misericordia que en Su corazón siente al ver la postración
del enfermo. Segundo, tenemos el leproso, rostro en tierra, en actitud de
adoración, su fe es la garantía de lo que espera y certeza de lo que pronto va
a ver y por último, la multitud, ¿quiénes son?
Tenemos
el grupo de apóstoles, que aún no estaba completo, el Señor apenas había hecho el llamamiento a los primeros, podemos
afirmar que por lo menos estaban Pedro, Andrés, Jacobo y Juan; también están personas del pueblo, hombres, mujeres, niños, y con ellos numerosos enfermos
que han traído hasta Jesús.
Junto
a todos éstos, vemos los miembros de las sectas contemporáneas del tiempo de
Jesús: saduceos, esenios, zelotes y los famosos fariseos vestidos con sus coloridos
trajes y sus elaborados sombreros, moviéndose en ese ámbito de religiosidad
ceremonial que les caracterizaba y haciéndose notar sobre el resto de la
multitud, manteniendo su superioridad, pues no se sentían, ni enfermos, ni
pecadores.
Para
la gran mayoría, este era un cuadro de enfermedad al
que, por su propio bien, debían mantenerse a cierta distancia. Así, vemos a Jesús, rodeado de una heterogénea multitud pero concentrado en los
humildes, los solitarios, los desamparados, los marginados, los estigmatizados,
lo vil y menospreciado, aquellos a los que nadie quiere acercarse.
Mateo 8:3 Jesús extendió la mano y tocó al hombre…
¿Qué
hace Jesús? ¡Lo toca! ¿Cuánto tiempo crees que ha pasado
desde la última vez que alguien tocó a este hombre, así, estando cubierto de
lepra y en su avanzada condición? Él se ha resignado a no ser escuchado, a ver
las personas correr asustadas a su paso, pero, a diferencia de los sacerdotes,
que no quieren contaminarse, Dios viene al mundo, para extender Su mano y tocar
a la humanidad y saciar nuestras necesidades físicas, afectivas y emocionales.
Este
hombre devastado física y moralmente, está esperando una respuesta, y siente
la mano del Señor sobre él, Jesús tocando a los inmundos, a los pecadores, a
los enfermos, a los olvidados, a los echados fuera, a los que han tenido
que huir, ¡Jesús le trata con amor y
dignidad en público!
Como el contacto humano es fundamental para el desarrollo emocional y afectivo, entonces,
la vida nueva de este hombre empieza ahora que es tocado por Jesús; ¡Ha estado
solo por años! ¿Recuerdas lo consolador de un abrazo en la tristeza? Como
instrumentos del amor de Dios puedes tocar, abrazar, infundir nuevo aliento a
personas dolidas, desilusionadas, abatidas, desconsoladas, ¡Él usará tus manos
y tus abrazos para llevar a otros Su amor!
Tocar
a un leproso era contaminarse, pero Jesús puede tocar la enfermedad, sin ser
afectado por ella, ¡Su autoridad sobre la enfermedad, sana y salva a todos los
que por Él son tocados! Fue a un hombre así al que Jesús tocó, para un fariseo
no habría una frase más ofensiva que la sencilla afirmación: Jesús extendió la mano y tocó al hombre.
Jesús
no necesitaba tocarle, ¿por qué lo hizo?
Marcos 1:41 Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre,
diciéndole..
Mientras
el Señor ponía Su mano sobre Él, también le hablaba; quizá el leproso se
aborrecía a sí mismo, se odiaba por su enfermedad, se despreciaba, tal vez no podía perdonarse por su pasado. Sólo Jesús nos
sana hasta del desprecio propio, de la rabia consigo mismo, de la falta de amor
y de perdón sobre nosotros mismos.
La Ley prohibía tocar estas víctimas, más Jesús al tocarle,
demuestra su autoridad sobre la Ley, así como sobre la enfermedad; Su mano
poderosa restaurando el corazón del leproso y devolviéndole a una nueva vida.
Su diestra que te restaura, aún el pasado más adverso.
Juan 10:2 Yo
les doy vida eterna, y nunca perecerá, ni nadie podrá arrebatármelas de la
mano.
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