Un enorme roble se levantaba erguido en medio del parque central de un cálido pueblo; todos sus habitantes se sentían orgullos no sólo por su sombra sino por la belleza con que enriquecía el paisaje; si alguien preguntara, ellos contarían que el árbol estaba allí desde siempre y que con seguridad allí permanecería firme y frondoso.
Pero un día vino un fuerte ventarrón partiendo el árbol en dos y
dejando al descubierto el interior de su tronco infectado y podrido ¡Qué
sorpresa! durante años, el árbol había engañado a sus pobladores.
La putrefacción interna de un
árbol puede durar años, pero solo se hace visible hasta cuando el tronco debilitado
ya no puede evitar la multiplicación de organismos dañinos y se derrumba a la
vista de todos.
El reto más grande que enfrenta
la iglesia es la enfermedad interna que está menoscabando su poder: “El cristianismo no auténtico”
Nunca antes la Iglesia de Cristo
tuvo mayores ventajas, cuenta con recursos abundantes: variadas versiones
bíblicas; predicaciones presenciales y en línea; enseñanza y discipulados,
libros y herramientas bíblicas, vídeos, conferencias, diversos ministerios,
pero el falso cristianismo, está anulando el poder de los creyentes a pesar de
la abundancia de conocimiento.
Proverbios 10:9 Quien se conduce con integridad anda seguro; quien anda en malos pasos
será descubierto
Los pecados ocultos pueden durar
años contaminando la vida de un creyente, hasta que éste, ya no puede hacer
frente a la contaminación de su pecaminosa vida privada y sorpresivamente se
derrumba delante de todos.
Tenemos creyentes luchando todos los días con pensamientos de promiscuidad sexual, y muchos,
llevándolos a cabo al cerrar su puerta. Prácticamente que todos los pecados de
inmoralidad sexual: infidelidad conyugal, relaciones ilícitas, masturbación, pornografía,
entre otros, menoscaban el poder del creyente y se convierten en una puerta
abierta para la acción del enemigo de nuestras almas.
Cada creyente que practica algún
tipo de pecado oculto, sabe que su vida cristiana se está contaminando y que su
testimonio está debilitándose desde adentro.
El creyente auténtico, que vive la
doctrina en que ha creído, puede vivir confiadamente, no siente temor de ser
descubierto en algún pecado, pues su vida pública y privada son transparentes. Mientras
que quien practica el pecado, en la oscuridad de su cuarto, en la oscuridad de sus
pensamientos, siente temor hasta de hablar, pues la más mínima palabra puede
dejarlo al descubierto.
Así como el paso más importante
para la vida sana del árbol, es estar vigilante de las lesiones del tronco, el
creyente debe también vigilar, sus pensamientos, sus intenciones, sus deseos y
sus acciones ocultas, a fin de asegurarse que su vida cristiana esté llena del
poder del Espíritu.
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní

