Hablemos de Esteban...
Hechos 7:54 Al oír esto, rechinando los dientes
montaron en cólera contra él.
Los setenta
y un hombres que formaban el Sanedrín, incluido el Sumo sacerdote, de manera
gradual, pero rápida, se encolerizaron.
No pudieron
soportar la defensa del verdadero Evangelio, que hizo Esteban y que sustentó con argumentos tan
sólidos, a la manera de un experto apologista y que concluyó con la acusación
directa sobre la terquedad, la dureza de corazón y la torpeza de oídos por
parte de ellos que, habiendo tenido el privilegio de recibir la verdad de Dios mismo,
sin embargo, rechazaron al Hijo de Dios.
¿Sabes qué fue lo que no pudieron resistir? ¡Qué Esteban
tenía razón! ¡Eran igual de tercos que sus antepasados! tenían su entendimiento embotado por las tradiciones que habían heredado y como eso les impedía adorar a
Jesús, mucho menos advertirían la cercanía del Espíritu Santo.
Hechos 7:55 Pero Esteban, lleno del Espíritu
Santo, fijó la mirada en el cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a
la derecha de Dios.
Era una tremenda desigualdad, ¡setenta y uno contra uno! Tenían los
ojos nublados por la cólera, ¡Cuántos pueden continuar siendo esclavos de sus
tradiciones sin sentido aun cuando Dios les está ofreciendo el verdadero Evangelio!
Pero Esteban
no veía sus rostros congestionados por el odio, ni escuchaba el rechinar de sus
dientes; su mirada fija en el Cielo trascendió el tiempo, el espacio y vio la
gloria de Dios. En los días de Ezequiel la gloria del Señor había abandonado el
templo, y ahora, Esteban tiene acceso a ella, el Cielo se abre delante de él y
puede ver a Su Señor a la diestra del Padre.
Hechos 7:56 -¡Veo el cielo abierto –exclamó-, y
al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios!
A pesar de la enorme desventaja y el peligro inminente, Esteban tuvo la valentía de permanecer firme en el amor que profesaba a su Jesús y Jesús le sustentaría en los próximos minutos.
Aun en el
peor de los momentos, frente al inminente peligro, tú puedes levantar la mirada de
tus circunstancias y mantenerla fija en el Cielo; ignora los gritos, los
aullidos amenazantes y coléricos de tus circunstancias o de tu enemigo, ¡mantén la mirada fija en el Cielo! Lo
verás abrirse y al Hijo de Dios de pie, presto a sustentarte y darte el valor
necesario para atravesar con éxito la prueba, experimentarás la fidelidad de tu Señor.
Juan 14:27 La paz les dejo; mi paz les doy. Yo
no se la doy a ustedes como la da el mundo, no se angustien ni se acobarden.
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní

