Hoy hablaremos de un centurión muy reconocido...
Mateo 8:5-6 Al entrar Jesús en Capernaúm se le acercó un centurión pidiendo ayuda.
–Señor, mi siervo está postrado en casa con parálisis, y sufre terriblemente.
Polibio,
historiador griego, nos da un perfil de los centuriones: “No deben
ser aventureros en busca de peligros; sí, como hombres que saben mandar, firmes
en la acción y de confianza; no deben estar demasiado deseosos de entrar en
batalla, pero cuando se ven obligados deben estar dispuestos a defender su
terreno y a morir en sus puestos” ¡Los centuriones eran los hombres selectos
del ejército romano!
Encontramos
algo especial en este centurión: su preocupación por su siervo enfermo y su decisión de hacer todo lo que estuviera a su alcance para
salvarle. Era lo contrario a la actitud general; en el imperio romano, no tenía
la menor importancia si un esclavo sufría o moría.
Aristóteles:
“No puede haber verdadera amistad ni justicia con las cosas inanimadas; ni
tampoco, por supuesto, con un caballo o un toro, ni tampoco con un esclavo como
tal. Porque amo y esclavo no tienen nada en común; un esclavo es una
herramienta viva, lo mismo que una herramienta es un esclavo inanimado”
Era
un esclavo niño o joven, quizá un hijo que le fue heredado
de un padre esclavo. Lucas dice que estaba enfermo, a punto de morir y Mateo dice: está paralítico y sufre terriblemente.
–Iré a sanarlo –respondió Jesús.
Aún no ha hecho su petición el centurión, apenas está explicando sobre el sufrimiento de su siervo
y Jesús contesta de manera inmediata, es más, en Lucas vemos que el centurión no
fue personalmente:
Lucas 7:3 Como
oyó hablar de Jesús, el centurión mandó a unos dirigentes de los judíos a
pedirle que fuera a sanar a su siervo.
El
centurión no fue personalmente, no porque no quisiera, estaba pensando en proteger a Jesús; Jesús no podía
entrar en la casa de un gentil, porque las leyes judías decían: “Las
moradas de los gentiles son inmundas”; entonces no quería perjudicar a Jesús, ni causarle problemas, como si supiera que los ojos de los judíos
estaban siempre sobre las acciones del Señor, no quería que por su causa, Jesús
fuera tildado de quebrantar sus leyes.
Tenía
el centurión un concepto tan claro de quién era él y de quién era Jesús; él era un
gentil al servicio del ejército romano, opresor del pueblo judío, ¡Un romano, pidiéndole un favor a Un judío!
Este
es el ruego de un hombre que se esfuerza en obrar de manera correcta, que tiene en alta estima al Señor Jesús y además lo demuestra con marcado
respeto; un hombre que ama a sus siervos y se compadece ante el dolor a pesar
de la dureza que exigía su profesión, y más impresionante aún, un hombre amado
en la comunidad.
Lucas 7:4-5 Cuando llegaron ante Jesús, le rogaron con insistencia: -Este hombre
merece que le concedas lo que te pide: aprecia tanto a nuestra nación, que nos
ha construido una sinagoga.
A pesar de la opinión de los romanos, este centurión ha servido al pueblo judío y al Reino de Dios: ¡les ha construido una sinagoga! En la
Historia Universal, encuentras las imágenes de las ruinas de esta sinagoga, como un testimonio a favor de este centurión.
Lucas 7:6-7 Así
que Jesús fue con ellos. No estaban lejos de la casa cuando el centurión mandó
a unos amigos a decirle: -Señor, no te tomes tanta molestia, pues no merezco
que entres bajo mi techo. Por eso ni siquiera me atreví a presentarme ante ti.
Pero con una sola palabra que digas, quedará sano mi siervo.
Además
de su correcto sentido de autoridad y obediencia, también tenía un alto grado de
humildad, nota que no dice: “Mi siervo no merece que vayas hasta él”. Sino que dice: no merezco que entres bajo mi techo. Se ubica en el contexto correcto, él es el indigno, el Digno, es el Señor
Jesucristo; es asombroso como coloca todo dentro del marco de
respeto y soberanía que corresponde a la divinidad del Señor.
Mateo 8:8 Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una
sola palabra, y mi siervo, quedará sano.
¿Cuál
es su petición? ¡Una sola Palabra! Dame una palabra tuya, dame una promesa,
dame un versículo del que pueda abrazarme con toda la fe de mi corazón. No
importa la situación, dame una palabra y tu siervo vivirá, ¡saldrá victorioso! Una
palabra, de la que pueda apropiarme como de la única tabla de salvación
en medio del océano agitado, y entonces, vendrá la consecuencia: ¡el
cumplimiento de aquello que Tú has dicho!
Salmo 107:20 Envió su palabra para sanarlos, y así los rescató del sepulcro.
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní

