Luego de la conocida frase: “Así como David cantaba” hoy podemos añadir: “Así como Daniel oraba”
Daniel 9:3-4 Entonces me puse a orar y a dirigir mis súplicas al Señor mi Dios.
Además, de orar, ayuné y me vestí de luto y me senté sobre cenizas. Ésta fue la
oración y confesión que le hice: “Señor, Dios grande y terrible, que cumples el
pacto de fidelidad con los que te aman y obedecen tus mandamientos.
Daniel
“se puso a orar”, como si dijéramos, ¡Cuando es a orar, es a orar!
Con
todos sus sentidos, con todo su ser en actitud de clamor al Rey de Israel, cuál
si fuesen misiles dirigidos desde su corazón ardiente por los suyos, así llegaba
su oración a su SEÑOR. ¡Daniel tenía una meta para alcanzar y la iba a lograr
por medio de la oración!
Daniel
sabía que el problema no era Dios ni Su fidelidad y, también sabía sobre la
desobediencia e infidelidad del pueblo. Aunque la Escritura no menciona ningún
pecado cometido por Daniel, sin embargo, toma el lugar de sus compatriotas,
identificándose con ellos y tomando el lugar del intercesor, acepta
sobre sí, la iniquidad de ellos. Así, Daniel tipifica al Mesías, el gran
intercesor y receptor de los pecados de la humanidad.
Nota
que… mientras Daniel confesaba y perdía perdón para los suyos, oraba como si él
fuera tan malo como el resto de la nación. Usa un “nosotros”, no, ellos. ¡Un
profundo sentido de responsabilidad corporativa!
La
verdad es que nuestras oraciones se caracterizan por el egocentrismo y en
muchos casos por el egoísmo. Oramos teniendo en cuenta nuestro propio
beneficio, ya sea que se trate de salud, seguridad o economía, y agradecemos
por beneficios recibidos que son de la misma índole, personales, como Jacob en
Betel, estamos dispuestos a una relación correlativa con Dios, “si me das
alimento para comer y ropa para vestirme…” –Génesis 8:20–
Un
estilo de oración en la cual el yo, es el sujeto predominante, es como
un “dirigirnos a Dios, pero en realidad, mirando hacia nosotros mismos”.
Podemos adoptar la frase que dijera el evangelista D. L. Moody:
“Muchas
veces nuestras oraciones salen como el cuervo del arca de Noé, pero nunca
vuelven. Ahora bien, cuando hacemos de la gloria de Dios, el fin principal de
nuestra devoción, salen como la paloma para regresar con un ramo de olivo en el
pico”
Daniel
continúa: Señor, Dios Grande y terrible, que cumples el pacto de fidelidad…”
¡Cuanta conciencia de la santidad de Dios!
Salmo 24:3-4 ¿Quién puede subir al monte del SEÑOR? ¿Quién puede estar en su lugar
santo? Sólo el de manos limpias y corazón puro, el que no adora ídolos vanos ni
jura por dioses falsos.
Daniel
pone la oración y su consecuente respuesta, dentro del marco correcto: La
santidad de Dios. Dios es santo, infinitamente santo y en las Escrituras
tenemos evidencias en abundancia sobre la naturaleza de esa santidad.
Cuando
tú oras… ¿Te inunda la santidad de Dios?
En
tus peticiones… ¿buscas que Dios sea glorificado?
¿Sientes que tiemblas cuando Dios te habla?
¡Lo
mismo el discípulo amado! Hablando del sentimiento que tenían hacia a Jesús, dijo:
“contemplamos Su gloria, gloria como del unigénito del padre, lleno de
gracia y de verdad” Por íntima que fuera su relación y por tierno que fuera
su amor, Le reverenciaban cuando estaban con Él y Le adoraban en
tanto que Le demostraban su amor.
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