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lunes, 6 de abril de 2026

RECORDAR PARA PERMANECER

¿Has escuchado esa frase: “algunos nunca aprenden”?

Se cuenta de dos cazadores que se adentraron en el bosque buscando dantas, cuando regresaron al lugar donde les esperaba el piloto que los llevaría de vuelta, traían seis dantas. Al verlas, el piloto les dijo que el avión sólo podía cargar cuatro, entonces los cazadores protestaron:

“El avión que usamos el año pasado era exactamente como éste, la potencia era la misma, el tiempo era similar…  y teníamos seis dantas”

Ante su insistencia, el piloto aceptó a regañadientes, así que cargaron todo en el avión y despegaron. Sin embargo, el peso era demasiado, la aeronave no pudo elevarse lo suficiente para salir del valle y terminaron estrellándose.

Después de salir como pudieron de los restos del avión, uno de los cazadores le preguntó al otro: –¿Sabes dónde estamos?

El otro respondió: –No estoy seguro, pero me parece que estamos a unos cuatro kilómetros de donde nos estrellamos el año pasado.

Tristemente, muchas veces, repetimos los mismos errores, incluso después de haber sufrido consecuencias por ellos.

La Escritura nos advierte sobre este peligroso olvido:

Deuteronomio 4:9 ¡Pero tengan cuidado! Presten atención y no olvíden las cosas que han visto sus ojos, ni las aparten de su corazón mientras vivan. Cuéntenselas a sus hijos y a sus nietos.

Nuestro Dios sabe cuán frágil puede ser nuestra memoria espiritual, por ejemplo, si no llevas tus apuntes de peticiones de oración, con facilidad olvidarás las  respuestas de Dios; sino testificas de tus tiempos de escasez olvidarás como Su provisión sobrenatural te cubrió; si no hablas a otros matrimonios te perderás de animarles con la restauración que Dios ya ha hecho en el tuyo o de cuando Su dirección te orientó porque no sabías qué camino tomar.

¿Te abrió Dios un camino en el desierto? 

¿Ríos en lugares desolados? 

Es apenas justo que nuestro Dios quiera que hables a otros de las proezas que ya ha hecho en tu vida.

La buena memoria es una herramienta de la fe, cuando recuerdas, cuentas o relees lo que Dios ha hecho por ti, las Promesas que has tomado de Su Palabra, tu corazón se remueve de gratitud y tu fe se acrecienta y afirma.

Moisés se lo recuerdó al pueblo porque igual que ahora, corrían el riesgo de olvidar, ellos vieron milagros extraordinarios: la liberación de Egipto, el mar abierto, el maná en el desierto, la voz de Dios en Horeb; sin embargo, el olvido podría infiltrarse lentamente sobretodo ahora que iban a entrar a la prosperidad de la tierra prometida.

Las verdades de Dios pueden ser guardadas en la mente, pero los recuerdos y las emociones vividas en tu experiencia con Dios, son verdades que abrazan tu corazón.

Pero el llamado no termina allí, debes contarlos a cuántas personas Dios te dé la oportunidad de compartirles, la fe de una familia, hasta de una nación, se fortalece cada vez que escuchan a los hijos de Dios hablar de la fidelidad del Padre, son semillas de fe que tú estarás sembrando y que, a su debido tiempo, darán fruto.

Además, cuando cuentas a los que están en tu casa o alrededor tuyo, les estarás enseñando a testificar de Dios, sin miedo.

Tu memoria sobre la fidelidad de Dios es el combustible que mantiene encendida la llama de la fe, en ti y en todos a los que les cuentas tu historia.



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Raquel Toro

Amanece en Getsemaní


domingo, 5 de abril de 2026

LOS NÚMEROS NO SON LA MEDIDA

Efesios 5:8-9 Porque ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz (el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad) y comprueben lo que agrada al Señor.

Vivimos en un mundo de pruebas, certificaciones y mediciones. Desde muy temprano aprendemos a evaluarnos a través de números, resultados y estadísticas; las calificaciones en clase, los indicadores en el trabajo, las metas en productividad y los resultados medibles, forman parte de nuestro día a día.

Así es, valoramos lo que podemos medir, restamos importancia a lo que no puede cuantificarse y lo aplicamos también a la vida espiritual, con preguntas como:

        ¿Cuánto tiempo dedico a leer mi Biblia?

        ¿Cuántos minutos oro cada día?

        ¿Con qué regularidad asisto a la congregación?

        ¿En cuántas conferencias cristianas estuve?

Incluso, evaluamos el servicio o el ministerio con medidas similares:

        ¿Cuántas personas tengo?  

        ¿En cuántos ministerios estoy involucrado?

        ¿Cuántos siguen mi ministerio en línea?

        ¿Cuántas actividades realizamos durante el año?

Pensamos que el mucho hacer, es la verdadera medida de la vida que agrada a Dios y animamos a otros a mantener ese mismo ritmo, pero esa no es la medida que el Apóstol enseña.

Él describe la vida sin Cristo como una condición de profunda oscuridad y afirma algo más fuerte, que antes nosotros éramos oscuridad, pero que ahora somos luz en el Señor.

Este cambio de identidad es radical, no es solo cambio de comportamiento o de hábitos religiosos, es una transformación de nuestra naturaleza espiritual.

Cristo es la luz verdadera, toda atribución de luz a cualquier otra fuente o persona, sea real o imaginaria, es un engaño del enemigo de nuestras almas; a lo largo de la historia, muchas personas han sido seducidas por falsas doctrinas de luz que prometen libertad o plenitud, pero que conducen a una mayor oscuridad y a la pérdida de sus almas.

Entonces… ¿Con qué criterios debes evaluar la vida cristiana?

    La luz de Cristo produce el fruto que agrada a Dios: Bondad, justicia y verdad; no son solo virtudes, son evidencias de la vida transformada por Cristo, haciéndonos personas confiables, útiles y fieles a nuestras responsabilidades.

    La luz de Cristo nos permite discernir entre lo bueno y lo malo: Expone las verdaderas intenciones del corazón, revela los motivos ocultos y juzga las acciones. La manera eficaz de limpiar los rincones de nuestro corazón es exponerlo a la luz de Cristo. 

  Vivir en la luz de Cristo produce el gozo de la intimidad con Dios: La luz también acerca y en esa comunión, abres tu corazón con sinceridad delante de Él, aprendes a escuchar Su voz en Su Palabra, a reconocer Su dirección y a comprender tu propósito en Él.

La vida que agrada a Dios no es la que acumula un sinnúmero de actividades, ni la que presenta mejores estadísticas, sino que es la vida iluminada por Su Hijo Jesucristo, vivida en comunión constante con Él.

¿Cuánto de la luz de Cristo gobierna en tu corazón?

 


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Amanece en Getsemaní 

REFUGIO DE AUTENTICIDAD

Si no estás haciendo algo con tu vida, no importa lo larga que sea; aportar a las vidas de otros debe ser una alta prioridad para nosotros.

Benjamín Franklin escribió: –“Preferiría que se dijera: él vivió útilmente, que él murió rico”.

Franklin no veía el mundo en términos de cuánto podía obtener de él, sino en términos de a cuántas personas podía ayudar. Cuando desarrolló la estufa Franklin, por ejemplo, pudo haberla patentado y obtener grandes ganancias, sin embargo, decidió compartir su invención con el mundo.

Ayudó a desarrollar el concepto de Bibliotecas de préstamo y los Departamentos de bomberos locales, incluso su trabajo como impresor reflejaba su deseo de compartir ideas y conocimiento, no de guardarlos para sí mismo.

Cada mañana se hacía una pregunta: –“¿Qué bien puedo hacer hoy?

Y cada noche reflexionaba: – “¿Qué bien he hecho hoy?”

Así que tú y yo podemos ser mucho más intencionales en nuestra capacidad de ayudar a otros, sin embargo, para hacerlo de manera verdadera y duradera, necesitamos vivir con integridad para no ser avergonzados.

Salmo 119:80 Sea mi corazón íntegro hacia tus decretos, para que yo no sea avergonzado

El término hebreo traducido como íntegro, sugiere algo completo, sin fisuras ni hipocresía. El salmista no está pidiendo una perfección sin pecado, sino un corazón sincero y maduro en la obediencia: un corazón que busque a Dios con autenticidad.

Esta porción inicia en el verso 73 con una declaración importante: “Con tus manos me creaste, me diste forma…”

Así que nuestro Dios es el Único que puede restaurar y mantener la salud espiritual de nuestro corazón. El salmista ora buscando una obediencia genuina, no sólo externa, sino nacida desde lo profundo de su ser.

El ser humano no puede producir esta integridad por sí mismo, es una obra que debe realizar el Espíritu Santo; solo por la intervención divina, su corazón puede alinearse con la voluntad de Dios.

La integridad no es un sentimiento, es un refugio de autenticidad.

Un corazón íntegro se mide por su conformidad con los estatutos de Dios porque la verdadera obediencia nace en el interior del corazón, no puede fingirse, esto es: integridad en la conducta.

La vergüenza, en cambio, representa el fracaso público de la fe o el juicio divino delante de los hombres; la falta de integridad es la única causa justa de vergüenza pues trae decepción y pérdida de confianza en quienes te escuchan o te siguen.

Pero cuando el corazón es íntegro, el creyente puede vivir con la confianza de que no será expuesto al escarnio público, lo que previene la vergüenza de ser descubierto en doble moralidad o en fracaso espiritual.

Obedecer sinceramente la Escritura se convierte en la defensa contra el pecado y la seguridad contra la vergüenza. 

Una vida verdaderamente útil nace de un corazón verdaderamente íntegro.

 


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Amanece en Getsemaní

sábado, 4 de abril de 2026

UNA PALABRA TALLADA EN EL CORAZÓN

¿Has escuchado sobre La Torre del Arrepentimiento? 

Se encuentra en la colina Trailtrow, cerca del Castillo de Hoddam, en Escocia.

Fue construida en 1565 y recibe su nombre porque sobre su puerta de entrada, tallada en piedra, tiene una inscripción que dice: “Arrepentimiento”

Una antigua leyenda cuenta que, en cierta ocasión, un inglés caminaba cerca del Castillo, cuando vio a un pastorcito tendido sobre el césped, leyendo atentamente la Biblia.

–¿Qué estás leyendo, muchacho? –preguntó el inglés.

–La Biblia, señor –respondió el niño.

–¡La Biblia! Entonces debes ser muy sabio, ¿Puedes decirme cuál es el camino para ir al Cielo?

Sin distraerse por el tono burlón del hombre, el pastorcito respondió con sencillez:

–Sí, señor, debe tomar el camino hacia la Torre del arrepentimiento.

La respuesta del niño, aunque simple, refleja una verdad espiritual.

Mateo 3:1-2 En aquellos días se presentó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea. Decía: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca”

Observa que el Mensaje de Juan no era sólo una denuncia del pecado, también era una invitación a una vida nueva; no sólo señalaba lo que estaba mal, sino que mostraba el camino hacia lo que Dios espera del ser humano.

Juan no sólo condenaba a las personas por lo que eran, también las desafiaba a convertirse en lo que podían llegar a ser en Dios, era una voz que llamaba a una vida más elevada.

Siempre en el Mensaje cristiano existe ese equilibrio, primero se hace caer en cuenta del pecado y luego se muestra el camino de transformación.

El primer llamado del Reino de Dios es al arrepentimiento, pero el arrepentimiento bíblico es mucho más que sentir pesar o remordimiento por el pecado, implica una transformación profunda que incluye:

1.     Un cambio de actitud, –abandonar el pecado–

2.     Renovación de la mente –empezar a pensar conforme a la verdad de Dios–

3.     Un perfeccionamiento continuo, –producir fruto–

¿Y qué es el Reino de Dios?

¡Se refiere al gobierno de Dios sobre la vida de quienes le pertenecen a Él! Este Reino se acercó a la humanidad porque el Rey, Jesucristo, ya había llegado.

Cuando el Reino del Único Dios Verdadero se acerca a una persona, la confronta con una decisión inevitable: responder al llamado de arrepentimiento y entrar en una nueva vida en Cristo, esto conocemos como “Entrar en el Reino de los Cielos”

El Reino de Dios también trae una esperanza gloriosa para quienes entran en él: ya no viven más bajo el dominio del pecado ni de la muerte, sino bajo el cuidado, la gracia y las bendiciones del Padre.

Como Rey y Señor, Jesús ofrece hoy, el Reino de Dios a todo aquel que quiera entrar en él, ofrece libertad del dominio de la naturaleza pecaminosa y rescate del reino de las tinieblas.

El camino al Cielo sigue pasando por la misma puerta que aquel pastorcito mencionó: “Arrepentimiento”

 


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Amanece en Getsemaní

viernes, 3 de abril de 2026

LAS CUCHARAS LARGAS

¿Qué son las actitudes egoístas?

Son comportamientos en los que una persona prioriza su propio beneficio, deseo o comodidad, sin considerar el bienestar, las necesidades o los sentimientos de los demás.

Una sencilla anécdota cuenta que un aspirante a un cargo ejecutivo, después de aprobar todos los requisitos de ingreso, fue llevado por su futuro jefe, a dos salones de banquete.

Al entrar en el primer salón, vio una mesa servida con deliciosa comida, sin embargo, las personas alrededor estaban delgadas, tristes y desesperadas; cada una tenía una cuchara muy larga atada a su brazo, podían tomar la comida –y en efecto lo hacían– pero no podían llevarla a su propia boca; intentaban alimentarse, pero la cuchara era demasiado larga y por eso, todos permanecían hambrientos.

Luego fue llevado al segundo salón, para su sorpresa, la escena era exactamente igual: la misma comida deliciosa y las mismas cucharas largas atadas al brazo, pero con una gran diferencia: las personas alrededor estaban felices y bien alimentadas ¿por qué?

Porque cada uno usaba su cuchara para alimentar al compañero que estaba en frente.

Así que, ¡comprendió la lección! El problema no eran las cucharas sino una actitud egocéntrica.

El egoísmo nace de un corazón centrado en sí mismo, donde el “yo” ocupa el lugar principal en las decisiones y prioridades, pero un corazón transformado por el Espíritu de Dios, aprende a mirar también por los demás.

Desde la perspectiva bíblica, el egoísmo es contrario a la actitud de amor y servicio que Jesús enseñó, modelando una vida basada en dar, servir y pensar en los demás.

La Escritura nos muestra este contraste:

Filipenses 2:3-4 No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás.

La actitud egoísta produce divisiones, rivalidades y conflictos. La búsqueda de la gloria personal alimenta la ambición egoísta y genera contiendas.

Podemos reconocer actitudes egoístas en personas que:

   Piensan, antes que nada, en su propio beneficio.

  Les cuesta compartir tanto cosas materiales como también tiempo, atención o escucha.

   Hablan constantemente de sí mismas, buscando destacarse como ejemplo.

   No reconocen sus errores.

   Tienen dificultades para trabajar en equipo o aceptar las ideas de otros.

Examina tu corazón, muchas veces, el egoísmo no se manifiesta en grandes acciones sino en pequeñas decisiones o reacciones diarias.

¿Aún vives centrado en ti mismo? o...

¿Estás aprendiendo a vivir para bendecir a otros?

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