Efesios
5:8-9 Porque ustedes antes
eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz (el
fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad) y comprueben lo que
agrada al Señor.
Vivimos en un mundo de pruebas, certificaciones y mediciones. Desde muy temprano aprendemos a evaluarnos a través de números, resultados y estadísticas; las calificaciones en clase, los indicadores en el trabajo, las metas en productividad y los resultados medibles, forman parte de nuestro día a día.
Así es, valoramos lo que podemos medir, restamos importancia a lo que no puede cuantificarse y lo aplicamos también a la vida espiritual, con preguntas como:
–
¿Cuánto tiempo dedico a leer mi Biblia?
–
¿Cuántos minutos oro cada día?
–
¿Con qué regularidad asisto a la congregación?
–
¿En cuántas conferencias cristianas estuve?
Incluso, evaluamos el servicio o el ministerio con medidas similares:
–
¿Cuántas personas tengo?
–
¿En cuántos ministerios estoy involucrado?
–
¿Cuántos siguen mi ministerio en
línea?
–
¿Cuántas actividades realizamos durante el
año?
Pensamos que el mucho hacer, es la verdadera medida de la vida que agrada a Dios y animamos a otros a mantener ese mismo ritmo, pero esa no es la medida que el Apóstol enseña.
Él describe la vida sin Cristo como una condición de profunda oscuridad y afirma algo más fuerte, que antes nosotros éramos oscuridad, pero que ahora somos luz en el Señor.
Este cambio de identidad es radical, no es solo cambio de
comportamiento o de hábitos religiosos, es una transformación de
nuestra naturaleza espiritual.
Cristo es la luz verdadera, toda atribución de luz a cualquier otra
fuente o persona, sea real o imaginaria, es un engaño del enemigo de nuestras almas; a lo largo de la historia, muchas personas han sido
seducidas por falsas doctrinas de luz que prometen libertad o plenitud, pero
que conducen a una mayor oscuridad y a la pérdida de sus almas.
Entonces… ¿Con qué criterios debes evaluar la vida cristiana?
– La luz de Cristo produce el fruto que agrada a Dios: Bondad, justicia y verdad; no son solo virtudes, son evidencias de la vida transformada por Cristo, haciéndonos personas confiables, útiles y fieles a nuestras responsabilidades.
– La luz de Cristo nos permite discernir entre lo bueno y lo malo: Expone las verdaderas intenciones del corazón, revela los motivos ocultos y juzga las acciones. La manera eficaz de limpiar los rincones de nuestro corazón es exponerlo a la luz de Cristo.
– Vivir en la luz de Cristo produce el gozo de la intimidad con Dios: La luz también acerca y en esa comunión, abres tu corazón con sinceridad delante de Él, aprendes a escuchar Su voz en Su Palabra, a reconocer Su dirección y a comprender tu propósito en Él.
La vida que agrada a Dios no es la que acumula un sinnúmero de actividades, ni la que presenta mejores estadísticas, sino que es la vida iluminada por Su Hijo Jesucristo, vivida en comunión constante con Él.
¿Cuánto de la luz de Cristo gobierna en tu corazón?
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Gracias por participar en la difusión del evangelio.
Raquel Toro
Amanece en Getsemaní



