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jueves, 24 de abril de 2025

AÚN NO HAS LLEGADO A CASA…

Se cuenta de un misionero que, luego de décadas de servicio en un país lejano, volvía a su casa en el mismo barco en que viajaba el presidente de su nación. La algarabía de la muchedumbre, una banda militar, una alfombra roja, pancartas, cámaras y reporteros, le dieron la bienvenida al presidente, mientras que el misionero desembarcaba sin que nadie lo notara. Sintiendo lástima de sí mismo, comenzó a quejarse en su corazón, entonces el Señor le dijo con ternura: “Pero hijo mío, tú aún no has llegado a casa”


Hebreos 13:14
Pues aquí no tenemos una ciudad permanente, sino que buscamos la ciudad venidera.

Solemos centrar nuestra vida en lo que percibimos sensorialmente de nuestro entorno, pero sucede que la vida no termina aquí; el propósito del Padre, se extiende mucho más allá de las décadas que pases en este planeta, tu oportunidad de vida completa abarca hasta la eternidad.

Mira que, prácticamente, los momentos en que nos detenemos a pensar en la fragilidad y vulnerabilidad de esta vida, es en la enfermedad y en los funerales; pero suele ser muy momentáneo porque una vez restaurada la salud o pasada la emotividad del duelo, retomamos la cotidianidad olvidándonos de la vida en la eternidad y la verdad es que debemos pensar más en la eternidad, no menos.

A veces puedes sentirte igual que este misionero, porque la lealtad a Cristo puede significar apartarse de las cosas del mundo, suponer la pérdida de amigos y hasta sufrir reacciones desfavorables… Hasta Pablo habló de ello:

2 corintios 5:6 Por eso mantenemos siempre la confianza, aunque sabemos que mientras vivamos en este cuerpo estaremos alejados del Señor.

Mira que el hecho de que vivamos en nuestro cuerpo físico, no significa que estemos privados de La presencia espiritual de nuestro Salvador.

¡No estamos incomunicados! Puedes hablar con Dios, ¡existe la oración!, y a Su vez, Él te responde por medio de Su Palabra y el Espíritu de Dios produce en ti el gozo de la comunión con tu Señor y que te hace vivir en la certeza de Su amparo y Su cuidado.

Sin embargo, lo que sí expresa Pablo era su profundo anhelo de vivir con Su Señor en el Cielo. Dime… ¿tú, lo anhelas?

Y mientras, ¿qué haces? Mira que Pablo no está usando un nirvana que le traiga paz con su suave sonido, tampoco indaga en misterios, leyendas o mitos, mucho menos en un espíritu desencarnado, ¡no! Aunque anhelaba profundamente la vida por venir, ese cuerpo nuevo, espiritual, en el que podrá servir y adorar en los lugares celestiales, no despreciaba su vida presente.

Pablo, tú y todos los creyentes en Jesucristo, hemos recibido una doble ciudadanía: terrenal y celestial, ¡será fabulosa la vida en el Cielo! Y no despreciemos la vida aquí, sino que la disfrutamos mientras aguardamos con gozo vivir junto a nuestro Señor por toda la eternidad.

Cuando la vida se te pone difícil, cuando te lleguen las dudas o cuando te cuestiones si vale la pena guardarse viviendo para Cristo, recuerda: aún no has llegado a casa.


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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní