¿Te has acercado a Dios y Le has llamado Padre o Papá?
Si lo has hecho, entonces has experimentado la confianza, el consuelo, la seguridad que se produce al desarrollar esa nueva relación: Papá-hijo o Papá-hija.
Mateo 6:9b Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado
sea tu nombre,
Jesús
nos enseña esta nueva intimidad en la relación personal con el Padre.
Así que, si tú, de
corazón, llamas Padre a Dios, es una buena razón para creer que sí has nacido de nuevo y esto confirma tu filiación en Su familia, que es a la vez, tu familia
espiritual.
Dios no es el padre de todos los seres humanos, ellos son Su creación, el concepto de paternidad universal, no es enseñado por la Escritura, muy por el contrario, enseña claramente que, quienes han creído en Jesús y le han recibido como Su Salvador, se han ganado el derecho de ser hijos de Dios, entonces son adoptados como hijos y hechos herederos... hum... veamos dónde dice eso...
Juan 1:12 Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.
Dios
es un padre, pero eso no quiere decir que Él sea un reflejo de la paternidad
humana, mira que para muchos creyentes es difícil desarrollar una relación con
su Padre Celestial porque el recuerdo de un mal papá terrenal, no se lo
permite.
Puede ser que hayas tenido un papá terrenal negligente, que no te amó o
maltratador o que te abandonó o que te abusó, pero esa no es la naturaleza de
tu Padre Celestial, más bien, los papás humanos deberían ser una imagen de la
paternidad de Dios.
Una
historia antigua cuenta de un emperador que triunfante entraba a su ciudad seguido
por sus tropas, la multitud alineada sobre la orilla de la calzada le aclamaba,
los corpulentos oficiales tenían que mantener a las personas en su sitio. Cuando ya se acercaba a la plataforma donde la emperatriz y su familia lo esperaba, de
pronto un chiquillo, saltó, se abrió paso entre la multitud y corrió en
dirección al emperador; uno de los soldados reaccionando, le salió al paso, lo
tomó en sus brazos y le dijo: –¡Niño, no puedes interrumpir así la entrada
triunfal de nuestro emperador! A lo que el niño contestó: –¡Sí! Puede que sea
tu emperador, pero es mi padre.
Hoy puedes añadirle a esta historia ese recuerdo que tienes
en mente de cómo el Padre corrió por el camino con brazos abiertos al encuentro
de su hijo perdido, lo abrazó y lo besó… puedes también celebrar como ese hijo,
con música y fiesta de salvación en la casa del Padre, recibiendo a Jesús como tu Señor y Salvador.
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní

