¿Qué piensas de la autocompasión?
Lucas 15:28-30 Indignado, el hermano mayor se negó a entrar. Así que su padre salió a suplicarle que lo hiciera. Pero él le contestó: “¡Fíjate cuántos años te he servido sin desobedecer jamás tus órdenes, y ni siquiera un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos!” ¡Pero ahora llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el tenero más gordo!
Sin
desobedecer jamás… hum… una afirmación poco probable, en realidad, fue “su
dignidad herida” lo que dejó fuera de la fiesta.
Sus
palabras no son las de un hijo sino las de un sirviente, habla de su esfuerzo
acumulado, de sus méritos, pero no de disfrutar la relación con su padre; vivía
desde la exigencia y cuando la bendición alcanzó a su hermano, no pudo
celebrarlo, sino que lo descalifica mientras se percibe a sí mismo como
desposeído.
Su
identidad estaba basada en el rendimiento, en los sacrificios, una mezcla de
resentimiento y autocompasión se asoma en sus palabras; observa que el
hermano mayor también estaba perdido, pero ahora… dentro de la casa; mientras
él, tan merecedor de la bendición, por su propia voluntad, se quedaba afuera
de la casa del padre.
Como
un eco resuenan esas frases que quizá recordarás:
–
¡A mí que he hecho todo bien!
–
¡Yo que me he esforzado tanto!
–
¡He dado sin recibir nada a
cambio!
Hablamos
como capataces o sirvientes, pero no como hijos.
Recuerda
que no somos amados por nuestro desempeño sino por nuestra identidad en Cristo
Jesús.
Nos
hace bien escuchar lo mismo que el hijo mayor escuchó del padre:
Lucas 15:31 “Hijo mío -le dijo su padre–, tú siempre estás conmigo
y todo lo que tengo es tuyo.
La
autocompasión viene del orgullo interno, de tal forma que hace que nos
midamos por méritos y olvidemos que ya estamos dentro de la Casa, como
si el amor de Dios tuviera que ganarse, pero sabes bien que, a través de
Jesús, el Padre te ama tal como tú eres.
Nota
también que el hermano mayor no reconoce lo que ya tiene, sin embargo, se
centra en lo que cree que no ha recibido y alimenta su queja, lleva
una contabilidad emocional que se traduce en ingratitud y autovictimización.
La
ingratitud te hace sentir excluido, aunque estés dentro de la casa, la gratitud te hace
vivir como hijo.
¿Qué cambiarías, si siempre tuvieras presente que ya estás dentro de la
Casa del Padre?
¿Deseas apoyarnos financieramente?
Puedes ofrendar desde PayPal en el siguiente enlace
o el QR desde Nequi:
https://www.paypal.com/donate/?hosted_button_id=D3B95LCK35FBY
Gracias por participar en la difusión del evangelio.
Raquel Toro
Amanece en Getsemaní











