¿Recuerdas lo reconfortante de un
abrazo o de un apretón de manos?
En una noche de fuerte tormenta
con muchos relámpagos y truenos que iluminaban su habitación, un pequeño niño, gritó
asustado: –¡Papá, papá, tengo miedo! –Hijo –le dijo el papá– Dios te ama, Él tiene cuidado de ti. –Sí, yo sé que Él me ama –respondió el
niño–, pero ahora necesito tu abrazo.
Entonces su papá debía demostrarle que Dios entendía su miedo y que también quería
abrazarle.
Marcos 1:40-41 Un hombre que tenía lepra se le acercó, y de rodillas le suplicó: –Si
quieres, puedes limpiarme. Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al
hombre, diciéndole: –Sí quiero. ¡Queda limpio!
Jesús no tenía por qué tocar al leproso
para sanarlo, con solo decir: ¡Queda limpio! Era más que suficiente, ¿Por
qué lo tocó?
El leproso llevaba años o tal vez
décadas en aislamiento total a causa de su enfermedad contagiosa; Jesús ve lo doloroso
de su enfermedad y, también ve la inmensa soledad y tristeza que causa el aislamiento,
ve su necesidad de consuelo, de comprensión, Jesús sabe que esa necesidad es
prioritaria, así que primero, con Su mano buena, lo toca para restaurar su corazón.
Somos tan emocionales que sencillas
expresiones de afecto como un brazo rodeando nuestra espalda, una palmadita en
el hombro o una mano brindándonos apoyo, puede decirnos sin palabras, “Te amo” “Te entiendo” “estoy contigo”
“cuenta conmigo” Ese abrazo en silencio reduce el efecto del estrés, del
dolor, de la angustia.
Mira que, en las diferentes
etapas de tu vida, tu piel ha recibido cantidad de estímulos que despiertan en
ti sensaciones y emociones muy profundas. Por ejemplo, tú sabes, que el contacto
piel a piel del bebé y su mamá, fortalece entrañablemente ese vínculo afectivo;
tal vez tú recuerdes que la caricia de mamá sobre tu herida inmediatamente te
sanaba, su contacto físico te calmaba el dolor. Así como también sabemos que la
falta de abrazos y caricias hacia los abuelitos, puede producirles sentimientos
de soledad y de abandono.
Es tan natural nuestro contacto
físico que es increíble la frecuencia con que nos tocamos en el día a día, aun
sin darnos cuenta, y no sólo ello, sino que también reaccionamos a un gesto,
una mirada, un mensaje, o un me gusta.
Algún día, la historia de la humanidad contará ese período de nuestras vidas en el que los abrazos, los apretones de manos, juntar las mejillas al saludarnos, se convirtieron en expresiones tan peligrosas que fueron prohibidas; pero mientras, tú, con toda la frecuencia que puedas, abraza a los tuyos, pon tus besos en sus mejillas; reafirma la fe en medio de la tormenta, dales valor a pesar del miedo, animales a confiar en que Dios les está entendiendo, sé compañía muy cercana en medio de la enfermedad, porque todo ello quedará grabado en sus corazones y en el tuyo también, por siempre.
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní


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