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lunes, 3 de agosto de 2020

EL VALOR DE UN ABRAZO

¿Recuerdas lo reconfortante de un abrazo o de un apretón de manos?

En una noche de fuerte tormenta con muchos relámpagos y truenos que iluminaban su habitación, un pequeño niño, gritó asustado: –¡Papá, papá, tengo miedo! –Hijo –le dijo el papá– Dios te ama, Él tiene cuidado de ti. –Sí, yo sé que Él me ama –respondió el niño–, pero ahora necesito tu abrazo. Entonces su papá debía demostrarle que Dios entendía su miedo y que también quería abrazarle.

Marcos 1:40-41 Un hombre que tenía lepra se le acercó, y de rodillas le suplicó: –Si quieres, puedes limpiarme. Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole: –Sí quiero. ¡Queda limpio!

Jesús no tenía por qué tocar al leproso para sanarlo, con solo decir: ¡Queda limpio! Era más que suficiente, ¿Por qué lo tocó?

El leproso llevaba años o tal vez décadas en aislamiento total a causa de su enfermedad contagiosa; Jesús ve lo doloroso de su enfermedad y, también ve la inmensa soledad y tristeza que causa el aislamiento, ve su necesidad de consuelo, de comprensión, Jesús sabe que esa necesidad es prioritaria, así que primero, con Su mano buena, lo toca para restaurar su corazón.

Somos tan emocionales que sencillas expresiones de afecto como un brazo rodeando nuestra espalda, una palmadita en el hombro o una mano brindándonos apoyo, puede decirnos sin palabras, “Te amo” “Te entiendo” “estoy contigo” “cuenta conmigo” Ese abrazo en silencio reduce el efecto del estrés, del dolor, de la angustia.

Mira que, en las diferentes etapas de tu vida, tu piel ha recibido cantidad de estímulos que despiertan en ti sensaciones y emociones muy profundas. Por ejemplo, tú sabes, que el contacto piel a piel del bebé y su mamá, fortalece entrañablemente ese vínculo afectivo; tal vez tú recuerdes que la caricia de mamá sobre tu herida inmediatamente te sanaba, su contacto físico te calmaba el dolor. Así como también sabemos que la falta de abrazos y caricias hacia los abuelitos, puede producirles sentimientos de soledad y de abandono.

Es tan natural nuestro contacto físico que es increíble la frecuencia con que nos tocamos en el día a día, aun sin darnos cuenta, y no sólo ello, sino que también reaccionamos a un gesto, una mirada, un mensaje, o un me gusta.

Algún día, la historia de la humanidad contará ese período de nuestras vidas en  el que los abrazos, los apretones de manos, juntar las mejillas al saludarnos, se convirtieron en expresiones tan peligrosas que fueron prohibidas; pero mientras, tú, con toda la frecuencia que puedas, abraza a los tuyos, pon tus besos en sus mejillas; reafirma la fe en medio de la tormenta, dales valor a pesar del miedo, animales a confiar en que Dios les está entendiendo, sé compañía muy cercana en medio de la enfermedad,  porque todo ello quedará grabado en sus corazones y en el tuyo también, por siempre. 


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Raquel Toro 

Amanece en Getsemaní  


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