Cuando alguien trata de presentarse como santo y habla de su santidad, podríamos decir que no conoce muy bien sobre la santidad de Dios, ese fue el caso de Job; pero es de la santidad de Dios de la que necesitamos hablar y en la que hemos de meditar, porque es en Su presencia, que nos damos cuenta de lo santo que Él es y de los pecadores que somos nosotros, así que Job nos ha dejado esta lección:
Job 40:4-5 ¿Qué puedo responderte, si soy tan indigno?
¡Me tapo la boca con la mano! Hablé una vez, y no voy a responder; hablé otra
vez, y no voy a insistir.
Cuando
leemos a Job discutiendo con sus amigos, pensamos que, en verdad, Job es el
hombre más santo que ha vivido sobre la tierra, pues tal como él mismo argumentó:
era el salvador de los pobres y ayudador de la viuda y del huérfano, también
era ojos para los ciegos y pies para los tullidos. ¡Qué buena gente era Job!
Pero
nota el pronombre común en sus argumentos: yo, yo, yo; Job
sufría de egolatría, incluso dijo que, al comparecer ante el Dios todopoderoso,
lo haría con dignidad, oh… así que, en su encuentro con Dios, hacia el final
del libro, “ese encuentro” con la santidad de Dios, cambió su
manera de hablar.
Hum…
así es nuestra naturaleza humana, se deleita en contar y contar nuestras
experiencias espirituales, hablamos demasiado de lo que el Señor nos ha
enseñado, nos ha disciplinado, nos ha mostrado y no me refiero a testificar, es
un asunto diferente, resulta que a pesar de que contemos y contemos nuestras
experiencias, lo que ya habíamos superado nos vuelve a ocurrir. ¡Quedamos por
el suelo! Y esto se repite vez tras vez hasta que en forma espontánea vamos
aprendiendo a no hablar de más.
No
es que nos esforcemos para no hablar demasiado, simplemente, menguamos, ¿habrá
querido decir eso Job con la frase: ¡Me tapo la boca con la mano!? En esta pequeña medida de autocontrol, el
carácter de Cristo llega a ser nuestro en la práctica.
La
reacción de Job es similar a la de Isaías, quien, confrontado por la santidad
de Dios, se siente totalmente pecador e incapaz de permanecer en Su presencia. Así
encontramos a Job en estos versículos, humillado y sin aquella mencionada
dignidad, despojado de todo lo que tenía y ante la santidad de Dios,
descubre su orgullo y siente vergüenza.
Job 42:5-6 De oídas había oído hablar de ti, pero ahora
te veo con mis propios ojos. Por tanto, me retracto de lo que he dicho, y me arrepiento
en polvo y ceniza.
Quizá
también nos hemos tapado la boca como una señal de arrepentimiento por algo que hemos dicho; gracias a nuestro Dios por nuestros encuentros con Él y Su palabra, nos ha ayudado
a reconocer Su santidad y nuestra pequeñez, y aún así, ¡Su inmenso amor perdonador hacia nosotros!
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