Sören Kierkegaard contó una parábola que, en esencia, decía así:
Un hombre rico viaja cómodamente sentado en el interior de un carruaje iluminado por luz artificial. El carruaje era conducido por un campesino que iba sentado detrás del caballo, expuesto al frío y a la oscuridad exterior. Precisamente, el hombre sentado en el interior, mientras disfrutaba de la luz artificial, ignoraba el panorama exterior: la luna y el cielo estrellado, una vista gloriosamente magnífica que sí disfrutaba el campesino.
Parece
que, mientras la ciencia y la tecnología avanzan y arrojan más y más luz sobre
el mundo creado, el ser humano corre el riesgo de ignorar el mundo invisible
que lo rodea.
Nos viene muy bien esta advertencia contra la superficialidad, el entretenimiento y la indiferencia actual, frente a las verdades cruciales y definitivas de la eternidad y la situación de nuestras almas.
El mundo perece por la decisión mayoritaria de una sociedad que elige
la ilusión y la distracción, antes que la verdad incómoda sobre las consecuencias
inevitables cuando partan de esta tierra.
Por
un lado, vivimos en esta era digital que ha facilitado enormemente la expansión
del conocimiento, acelerado la productividad, mejorado infinitamente las
comunicaciones y abierto oportunidades de negocios que hace apenas unas décadas
eran impensables, de hecho, todos disfrutamos de los avances tecnológicos y
científicos.
Sin
embargo, los peligros también son evidentes, el espíritu de esta era, tiene el
efecto desafortunado de empoderar para vivir “independientemente” de Dios.
Como
nuestro Dios Invisible no puede ser examinado ni probado, ni Se le puede
cuantificar, Le han descartado; en consecuencia, muchas personas en esta sociedad
tecnológicamente avanzada, eligen creer que Dios no existe, se limitan a vivir
el mundo que pueden reducir y racionalizar.
2 corintios 4:4 El dios de este mundo ha cegado la mente de estos
incrédulos, para que no vean la luz del glorioso evangelio de Cristo, el cual
es la imagen de Dios.
El
dios de este mundo, satanás, es el poder invisible detrás de toda incredulidad
e impiedad, los que le siguen, en efecto lo han convertido en su dios.
Él
ciega el entendimiento de las personas mediante el sistema pecaminoso que ha establecido
en el mundo, para que no crean y les sea imposible, contemplar la gloria de
Cristo. Este sistema, complace la pecaminosidad y profundiza, aún más, sus tinieblas
morales.
Sucede
igual que en tiempos de Pablo, a pesar de la proclamación del Evangelio,
deciden rechazarlo y vivir bajo las luces artificiales de este mundo, olvidando
la realidad del Cielo. No es que Dios los haya abandonado, sino que ellos mismos,
con su conducta, se han vuelto insensibles a Dios.
Juan 14:9 –¡Pero,
Felipe! ¿Tanto tiempo llevo ya entre ustedes, y todavía no me conoces? El que ha
visto a mí, ha visto al Padre…
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní


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