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lunes, 16 de febrero de 2026

VOZ DEL CIELO EN SAMARIA

Hechos 8:6-7 Al oír a Felipe y ver las señales milagrosas que realizaba, mucha gente se reunía y todos prestaban atención a su mensaje. De muchos endemoniados los espíritus malignos salían dando alaridos, y un gran número de paralíticos y cojos quedaban sanos.

A primera vista parece que Felipe está a cargo: una multitud escuchando, milagros ocurriendo, manifestaciones visibles de poder; en realidad, no es Felipe, es Jesús.

La Palabra de Dios hablada por voz humana, la autoridad del Señor ejercida a través de Su instrumento idóneo; el énfasis no está en el mensajero sino en el Nombre que respalda el Mensaje.

Cuando el texto dice que los espíritus malignos salían dando alaridos, no es un detalle dramático, es la evidencia de la autoridad del Nombre de Jesús, presente y operante; la misma autoridad que ejerció en Su ministerio terrenal y que ahora, desde el Cielo, sentado en Su trono, continúa ejerciendo.

La autoridad de Jesús:

        No disminuye por la oposición

        No necesita aprobación humana

Sino que cuando Su Nombre es pronunciado por un hombre o una mujer de fe, las tinieblas tienen que retroceder y obedecer; no por los gritos, no por emociones, sino porque Él es Quién preside.

Allí en Samaria, más que milagros, lo que hubo fue una proclamación contundente:

-         Jesús es el Señor

-         Señor de salvación

-         Señor sobre demonios

-         Señor sobre la enfermedad

-         Señor sobre la limitación y parálisis.

Pero, ¿Quién era Felipe, para que el Señor lo usara así?

Sería más sencillo si existiera un dispositivo que midiera la espiritualidad de los creyentes, algo así como un termómetro que indicará el nivel de comunión, pero en la Obra del Señor, el creyente mismo es ese dispositivo de medición.

–La intimidad del creyente determina el alcance del servicio-

Si el instrumento es defectuoso o está mal calibrado no se podrá lograr mucho, así mismo, un corazón desalineado limita lo que el Señor puede hacer a través de ese siervo.

Muchos somos:

        Demasiado impacientes para escuchar hasta el final

        Hacemos sugerencias antes de conocer la situación real

        Rápidamente enseñamos y corregimos sin haber llorado con quién sufre.

¿Cómo podrá alguien recibir tu ayuda si no has escuchado primero el corazón de Dios?

La falta de transparencia delante del Señor genera enormes limitaciones en el servicio.

Si hoy descubres fallas internas, poca sintonía con el corazón de Dios o tibieza en la obediencia, recuerda la voz de Dios a través de Isaías:

Isaías 1:18 Vengan, pongamos las cosas en claro –dice el SEÑOR– ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¡Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!

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Gracias por participar en la difusión del evangelio.

 

Raquel Toro

Amanece en Getsemaní

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