Si no estás haciendo algo con tu vida, no importa lo larga que sea; aportar a las vidas de otros debe ser una alta prioridad para nosotros.
Benjamín Franklin escribió: –“Preferiría que se dijera: él vivió útilmente, que él murió rico”.
Franklin no veía el mundo en términos de cuánto
podía obtener de él, sino en términos de a cuántas personas podía ayudar. Cuando
desarrolló la estufa Franklin, por ejemplo, pudo haberla patentado y obtener
grandes ganancias, sin embargo, decidió compartir su invención con el mundo.
Ayudó a desarrollar el concepto de Bibliotecas
de préstamo y los Departamentos de bomberos locales, incluso su
trabajo como impresor reflejaba su deseo de compartir ideas y conocimiento, no
de guardarlos para sí mismo.
Cada mañana se hacía una pregunta: –“¿Qué
bien puedo hacer hoy?
Y cada noche reflexionaba: – “¿Qué bien he
hecho hoy?”
Así que tú y yo podemos ser mucho más
intencionales en nuestra capacidad de ayudar a otros, sin embargo, para hacerlo
de manera verdadera y duradera, necesitamos vivir con integridad para no ser
avergonzados.
Salmo
119:80 Sea mi corazón íntegro
hacia tus decretos, para que yo no sea avergonzado
El término hebreo traducido como íntegro, sugiere algo completo,
sin fisuras ni hipocresía. El salmista no está pidiendo una perfección sin
pecado, sino un corazón sincero y maduro en la obediencia: un corazón que
busque a Dios con autenticidad.
Esta porción inicia en el verso 73 con una declaración importante: “Con tus manos me creaste, me
diste forma…”
Así que nuestro Dios es el Único que puede restaurar y mantener la salud
espiritual de nuestro corazón. El salmista ora buscando una obediencia
genuina, no sólo externa, sino nacida desde lo profundo de su ser.
El ser humano no puede producir esta integridad por sí mismo,
es una obra que debe realizar el Espíritu Santo; solo por la intervención divina,
su corazón puede alinearse con la voluntad de Dios.
La integridad no es un sentimiento, es un refugio de
autenticidad.
Un corazón íntegro se mide por su conformidad con los estatutos de Dios porque la verdadera obediencia nace en el interior del corazón, no puede fingirse, esto es: integridad en la conducta.
La vergüenza, en cambio, representa el fracaso público de la fe o el
juicio divino delante de los hombres; la falta de integridad es la
única causa justa de vergüenza pues trae decepción y pérdida de confianza en
quienes te escuchan o te siguen.
Pero cuando el corazón es íntegro, el creyente puede vivir con la
confianza de que no será expuesto al escarnio público, lo que previene la vergüenza
de ser descubierto en doble moralidad o en fracaso espiritual.
Obedecer sinceramente la Escritura se convierte en la defensa contra el
pecado y la seguridad contra la vergüenza.
Una vida verdaderamente útil nace de un corazón verdaderamente íntegro.
¿Deseas apoyarnos financieramente?
Puedes ofrendar desde Nequi o desde PayPal en el siguiente QR o en el
enlace:
https://www.paypal.com/donate/?hosted_button_id=D3B95LCK35FBY
Gracias por participar en la difusión del evangelio.
Raquel Toro
Amanece en Getsemaní


No hay comentarios.:
Publicar un comentario