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miércoles, 12 de agosto de 2020

EL HACEDOR DE CÍRCULOS

¿Qué tanto debes orar?

En las afueras de los muros de Jerusalén hacia el siglo I, en la generación anterior a Jesús, vivió un hombre llamado Honi, su historia puede leerse en El Talmud.

En una asoladora sequía, las personas del pueblo vinieron hasta la casa de Honi y le pidieron que orara al Dios del Cielo para que enviara la lluvia; así que Honi les contestó: "Vayan, traigan adentro sus hornos de Pascua, para que no se disuelvan". Qué gran fe, antes de orar, dio por sentado que llovería tan fuerte que los hornos quedarían deshechos.

Pero él oró, y no llovió; entonces, dibujó un gran círculo sobre la arena y de rodillas en el centro de él, volvió a orar: “¡Maestro del Universo! Tus hijos se volvieron hacia mí porque soy como un miembro de tu casa. ¡Juro por Tu gran nombre que no me moveré de aquí hasta que tengas compasión de Tus hijos!” Así que empezó a lloviznar. Pero Honi agregó: “Eso no es lo que pedí. Pedí lluvias para llenar cisternas, zanjas y embalses” Las lluvias empezaron a caer a raudales inundando todo. Honi insistió: “Eso no es lo que pedí. Pedí lluvias de buena voluntad, bendición y generosidad” Comenzó a caer una lluvia adecuada y todos a su alrededor se asombraron, a partir de aquel día a Honi se le llamó: “El hacedor de círculos”

¿Por qué Honi se sintió desafiado a insistir? Porque Dios desafiaba su fe y le ayudaba a ser específico. Como te digo, este hecho real se encuentra en el Talmud, pero tenemos otro hecho real que desafía aún más tu fe:

Mateo 15:21-28 Una mujer cananea de las inmediaciones salió a su encuentro, gritando: –¡Señor, ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija sufre terriblemente por estar endemoniada. Por segunda vez, “La mujer se acercó y, arrodillándose delante de Él, le suplicó: –¡Señor, ayúdame! Por tercera vez le dijo: –Sí, Señor, pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

¡Jesús guardó silencio! Era como quedar con las manos extendidas pero vacías; sin embargo, más que un no, es una esperanza, ¡una certeza! Porque si Jesús no ha dicho, no; entonces ¿por qué devolverse con las manos vacías y los lamentos atragantados?

Ella vino a Él, luego empezó a seguirle, entabló un diálogo con Él y terminó de rodillas a Sus pies; Jesús te está desafiando, no es un desafío hostil, es un desafío a perseverar, un reto a alcanzar la victoria; tal vez empieces llegando con una petición, pero ese puede ser precisamente el motivo para que entablen un diálogo y tengas unos encuentros espléndidos con Jesús y Su Palabra.

Mira que esos encuentros pueden transformarte en un creyente de voluntad firme, de fe estable, aguerrido, de los que no vuelven atrás, de las que no regresan con las manos vacías. ¿Qué tanto debes orar? Hasta que logres que tus tiempos de oración sean encuentros verdaderamente transformadores.

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Raquel Toro 

Amanece en Getsemaní

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