¿Crees que podemos ser humildes simplemente, intentándolo?
Una de las cosas más tristes, que Jesús tuvo que sufrir de Sus discípulos fue la lucha persistente entre ellos por ver cuál sería el más importante.
Marcos
9:33-34 Llegaron a
Capernaúm. Cuando ya estaba en casa, Jesús les preguntó: –¿Qué venían discutiendo
por el camino? Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían
discutido entre sí quién era el más importante.
Al parecer, el Señor iba adelante, caminando solo y ellos atrás venían
discutiendo.
El motivo de vergüenza era doble: Primero, ¡discutir! Y segundo, el tema
discutido: ¿Cuál de ellos iba a ser el más importante?
¿Cómo así? ¿No habían escuchado o no habían puesto atención o dejaron
pasar lo que apenas dos versículos atrás, Jesús les decía sobre que... lo matarían?
Y ahora por segunda vez, se quedan en silencio, ¿crees que en lo
íntimo de su corazón entendieron que no había estado bien? Es sorprendente cómo
nuestras acciones adquieren su verdadero sentido cuando son señaladas por
Jesús.
¿Te los puedes imaginar, cada uno con sus argumentos de porqué eran más
importantes que los otros o de mayor rango, querrían decir? Tan enfrascados en
su discusión que no notaron que Jesús los escuchaba sin interrumpirlos.
Ahora, puedes estar pensando que la discusión sobre cuál sería el más
importante, es completamente válida, pero al tener que plantear una respuesta para Jesús… “Maestro es que yo soy más importante porque…” oh… toda la
discusión quedaba en el marco del orgullo.
¿Fracasó la lección de humildad que les había sido
impartida durante ya tres años?
¿Estos hombres sencillos que estaban siendo entrenados para servir a la
causa de Cristo, estaban siendo movidos por un deseo de exaltación personal?
¡Cómo se parece nuestro corazón al de los apóstoles! ¡Cómo son
de similares los argumentos en nuestra mente, cómo los de ellos, aquella tarde!
Con frecuencia concluimos que somos o merecemos más que otros.
Pero nota lo siguiente: “Jesús no los reprende por sus aspiraciones
de ser importantes” Sino que nos dice… ¡cómo lograrlo!
1Co
12:31 Ustedes,
por su parte, ambicionen los mejores dones.
Lejos de ser un idealismo las aspiraciones de los creyentes, son el más
sano deseo al que nos guía el sentido común.
Mira que las personas grandes según la Historia Universal, son
recordadas por sus aportes de sabiduría y servicio constructivos a la sociedad;
son los que se dijeron… ¿Cómo puedo dar más de mí, de mis dones y de lo que sé,
para servir a otros?
Mira que es conveniente, establecer la diferencia entre la verdadera y la
falsa humildad:
Ser enseñable y reconocer que siempre podemos aprender de otros, forma
parte de la auténtica humildad; negarse a aceptar recompensas o reconocimiento
por lo logrado, no es una buena señal porque, la humildad es una autoevaluación
adecuada de quiénes somos en Cristo, de la forma en que hemos sido equipados y
el llamamiento que nos encamina en el desarrollo de nuestro propósito; no
reconocer esto, sería tanto como que un músico no diera crédito a sus largas
horas de ensayo y entrenamiento auditivo.
¿Qué hay de la falsa humildad? Los griegos y romanos de aquella época no
reconocían la humildad como virtud, sino que se fundamentaban en “los honores y privilegios”. Esta
forma de pensar creó dificultades para los cristianos del primer siglo y aún nos
presenta desafíos al interpretar y aprender sobre la humildad cuando antes de
Cristo, éramos orgullosos por naturaleza.
Recuerda… la ambición por los mejores dones y
el ejercicio de los mismos, siempre está enmarcado en el funcionamiento del Cuerpo
de Cristo como un solo engranaje, sujeto a Cristo como nuestra cabeza y para el bien
de su propio pueblo.
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