Un hombre contaba: “Mientras
viajaba en un tren, frente a mí iba un joven sumamente triste que angustiosamente
cubría su rostro con sus manos; no pude evitar preguntarle el porqué de su preocupación
y me explicó…
Hace unos meses, cuando me avisaron
que quedaría en libertad, le escribí una carta a mi madre pidiéndole perdón,
también le dije del tiempo de mi salida… le escribí:
Madre, me gustaría regresar a
casa, pero no sé si me perdonarás, he comprado un boleto para el pueblo
siguiente del nuestro, pero si vas a perdonarme, dame por favor, una señal, ¿te
acuerdas del naranjo que está en la estación del tren? Si me perdonas, por
favor, pon una cinta amarilla en ese árbol, cuando el tren se esté acercando,
si la veo, me bajaré, de lo contrario, seguiré de largo…
Ambos escuchamos que el tren disminuía su velocidad, la estación siguiente era la de él, más
angustiado aún, tapaba su rostro… y lo que vi me hizo gritarle lleno de
alegría: –¡Mira, mira, mira!
Limpiando sus ojos llenos de
lágrimas, el joven no podía creer lo que estaba viendo, el espectáculo más
hermoso y jamás imaginado, el naranjo no tenía una cinta amarilla, ¡tenía
cientos de ellas! y no sólo el naranjo, sino que todos los árboles del pueblo estaban
colmados de hermosas cintas amarillas… Había sido perdonado… y un gran recibimiento
le esperaba…
¿Sabes que el motivo que guío al
Padre a enviar a Jesús a esta Tierra y, que por esta temporada celebramos, fue
Su deseo de perdonarnos y reconciliarse con cada uno de quienes quieran recibir
este perdón?
Mateo 1:21 Dará
a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de
sus pecados.
¿Tienes alguna deuda de perdón
con alguien?
Mira que, si el propósito de la
venida de Jesús fue precisamente reconciliarnos, ¿no crees tú que sería muy valioso
que, siguiendo Su ejemplo, te reconciliaras con ese acreedor tuyo?
Nada hay más generoso que el
perdón que Dios nos ha enseñado, todo el que se niega a perdonar prolonga el
dolor y lo convierte en estados emocionales y de culpabilidad, aún más
complicados que el simple hecho de pedir perdón.
No perdonar o no pedir perdón, es
conceder poder a la ofensa para que continúe dividiendo o afectando estas celebraciones
familiares, además que, quien no perdona, demuestra que no tiene un
corazón regenerado, no ha nacido de nuevo.
Quizá… ¡No merecen
tu perdón! ¡Cierto! Mira que no perdonas porque lo merezcan o no, perdonas
porque Dios ya te perdonó a ti. El perdón es un remedio indispensable porque
cada día surgen ofensas, debe ser una rutina necesaria en el hogar porque no
convives con personas perfectas.
Perdonar es conceder
gracia al ofensor, en su error, en su debilidad, en su pecado, para
permitirte verle nuevamente como un regalo de Dios, no te quedes en el
dolor de la herida, toma la iniciativa, ve a su encuentro para seguir caminando
todos juntos.
Los tuyos son más
importantes que cualquier cosa que hayan podido hacer o decir, eso mismo pensó
el Padre Eterno, fuiste más importante para Él que cualquiera de todos los
agravios que hayas podido cometer.
Perdonar o pedir
perdón, robustece tus lazos familiares; la paz del hogar se conserva gracias a personas
como tú, que tienes la capacidad de amar y perdonar.
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Gracias por participar en la difusión del evangelio.
Raquel Toro
Amanece en
Getsemaní


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