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domingo, 21 de diciembre de 2025

¿QUÉ HAY DEL PERDÓN FAMILIAR?

Un hombre contaba: “Mientras viajaba en un tren, frente a mí iba un joven sumamente triste que angustiosamente cubría su rostro con sus manos; no pude evitar preguntarle el porqué de su preocupación y me explicó…


En la rebeldía de mi adolescencia, no hice caso de los consejos de mi madre, todo lo contrario, y en una de mis andanzas, mate a alguien; fui juzgado, sentenciado y ya pagué mi condena… todos estos años no vi a nadie de mi familia, ni supe de ellos, ahora acabo de salir de la prisión.

Hace unos meses, cuando me avisaron que quedaría en libertad, le escribí una carta a mi madre pidiéndole perdón, también le dije del tiempo de mi salida… le escribí:

Madre, me gustaría regresar a casa, pero no sé si me perdonarás, he comprado un boleto para el pueblo siguiente del nuestro, pero si vas a perdonarme, dame por favor, una señal, ¿te acuerdas del naranjo que está en la estación del tren? Si me perdonas, por favor, pon una cinta amarilla en ese árbol, cuando el tren se esté acercando, si la veo, me bajaré, de lo contrario, seguiré de largo… 

Ambos escuchamos que el tren disminuía su velocidad, la estación siguiente era la de él, más angustiado aún, tapaba su rostro… y lo que vi me hizo gritarle lleno de alegría: –¡Mira, mira, mira!

Limpiando sus ojos llenos de lágrimas, el joven no podía creer lo que estaba viendo, el espectáculo más hermoso y jamás imaginado, el naranjo no tenía una cinta amarilla, ¡tenía cientos de ellas! y no sólo el naranjo, sino que todos los árboles del pueblo estaban colmados de hermosas cintas amarillas… Había sido perdonado… y un gran recibimiento le esperaba…

¿Sabes que el motivo que guío al Padre a enviar a Jesús a esta Tierra y, que por esta temporada celebramos, fue Su deseo de perdonarnos y reconciliarse con cada uno de quienes quieran recibir este perdón?

Mateo 1:21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

¿Tienes alguna deuda de perdón con alguien?

Mira que, si el propósito de la venida de Jesús fue precisamente reconciliarnos, ¿no crees tú que sería muy valioso que, siguiendo Su ejemplo, te reconciliaras con ese acreedor tuyo?

Nada hay más generoso que el perdón que Dios nos ha enseñado, todo el que se niega a perdonar prolonga el dolor y lo convierte en estados emocionales y de culpabilidad, aún más complicados que el simple hecho de pedir perdón.

No perdonar o no pedir perdón, es conceder poder a la ofensa para que continúe dividiendo o afectando estas celebraciones familiares, además que, quien no perdona, demuestra que no tiene un corazón regenerado, no ha nacido de nuevo.

Quizá… ¡No merecen tu perdón! ¡Cierto! Mira que no perdonas porque lo merezcan o no, perdonas porque Dios ya te perdonó a ti. El perdón es un remedio indispensable porque cada día surgen ofensas, debe ser una rutina necesaria en el hogar porque no convives con personas perfectas.

Perdonar es conceder gracia al ofensor, en su error, en su debilidad, en su pecado, para permitirte verle nuevamente como un regalo de Dios, no te quedes en el dolor de la herida, toma la iniciativa, ve a su encuentro para seguir caminando todos juntos.

Los tuyos son más importantes que cualquier cosa que hayan podido hacer o decir, eso mismo pensó el Padre Eterno, fuiste más importante para Él que cualquiera de todos los agravios que hayas podido cometer.

Perdonar o pedir perdón, robustece tus lazos familiares; la paz del hogar se conserva gracias a personas como tú, que tienes la capacidad de amar y perdonar.

 


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Raquel Toro

Amanece en Getsemaní


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