Exteriormente, una vida puede parecer
equilibrada, sin embargo, el interior del ser humano puede estar apoyado sobre un
silencio frágil.

David, ya perdonado, recuerda el estado espiritual y mental en el que se encontraba mientras mantuvo oculto su pecado; nos cuenta lo que sucede cuando el pecado se guarda en lo íntimo del corazón, sus palabras revelan el estrés de vivir una doble vida y el profundo desgaste físico y emocional que esto produce.
¡Cómo pesa el silencio!
Es como si David dijera:
–“No solo callé, decidí seguir callando, aun recordando todas las misericordias
pasadas de mi Dios hacia mí, aun escuchando los reproches de mi conciencia y sintiendo
la angustia de mi corazón”
¡El silencio también duele!
El pecado practicado no trae paz, la roba. Sin duda, tardó
en reconocerlo, pero qué bueno que comprendió que sus consecuencias estaban
directamente relacionadas con la opresión del pecado no resuelto y la rebelión
silenciosa contra Dios.
Su alma tradujo el silencio en gemidos durante todo el día: Los huesos,
que representan la fuerza y estabilidad del cuerpo, comenzaron a consumirse; de
la misma manera, el gemir continuo, debilita la estructura interna del
creyente, produciendo inestabilidad emocional y espiritual.
Sus fuerzas se agotaron, su alma se secó como tierra agrietada por el inclemente
verano de Israel, ¡Qué esterilidad espiritual!
Y para completar, David sentía sobre sí La mano de Dios, la misma mano que antes había experimentado como buena y protectora, ahora, como un gran peso sobre él. ¡Qué gran devastación!
Sin embargo, esa presión que siente el creyente no es para destrucción, sino que es el amor de Dios obrando para traer restauración... Selah, haz una pausa, reflexiona sobre la gravedad del pecado y sobre tu necesidad de comunión con Dios.
Mira el poder de la confesión:
Salmo 32:5 Pero te confesé mi pecado, y no
te oculté mi maldad. Me dije: “Voy a confesar mis transgresiones al SEÑOR” y tú
perdonaste mi maldad y mi pecado.
El pecador inconverso necesita creer
para ser salvo, pero el creyente pecador necesita confesar, para que su
comunión sea restaurada.
Nota la prontitud de Dios para perdonar el pecado confesado, Su
respuesta no fue de condenación sino de perdón inmediato, rompiendo así el
ciclo de angustia.
Mientras David guardó silencio fue prisionero, ahora, cuando dejó de enmascarar
la verdad, de ocultar con astucia, de encubrir la verdad, y se presenta ante
Dios con una confesión sincera y sin reservas, viene el alivio y la restauración.
El pecado oculto pesa, pero la confesión sincera, permite que recibas gracia y restauración.
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Gracias por participar en la difusión del evangelio.
Raquel Toro
Amanece en Getsemaní

Amen
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