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lunes, 30 de marzo de 2026

EL PERDÓN SIN ESPINAS

Perdonar parece fácil… hasta que tenemos que hacerlo.

Alguien dijo una vez:

“Hay una clase de perdón extraño, una especie de puerco-espín del perdón, que termina llenando al otro de púas. Algunos hieren al que les ha ofendido, lo mantienen al alcance de su indignación, lo abrazan con su ira y le dejan dolorosamente incrustada su culpa; y cuando sus espinas le han herido bastante, entonces dicen que lo perdonan.

Eso no es verdadero perdón.

Se cuenta de un rey que, estando en su lecho de muerte, recibió la visita de su consejero espiritual quien le dijo:

Majestad, debe perdonar a Sus enemigos”

El rey quedó pensativo por un momento y luego le dijo a la reina:

“Escríbele a tu hermano, después de que yo haya muerto, y dile que lo he perdonado y que morí en paz con él”.

El consejero respondió suavemente: –Sería mejor que su majestad le escribiera ahora mismo”

Pero el rey contestó: –“No, escríbele cuando yo esté muerto. Ahora bien, si me recupero, todo vuelve a ser como antes”

Como notarás, esto no es perdón.

El verdadero perdón no alberga malicia ni resentimiento, no guarda deseos de revancha ni planea venganzas silenciosas, no busca aparentar reconciliación cuando la verdad es que la herida sigue abierta.

Imagina por un momento que Dios te dijera:

“Te perdono, pero no olvido, por toda la eternidad te lo iré recordando…”

¿Sentirías realmente que has sido perdonado?

Hebreos 10:17-18 Después añade: ¡Y nunca más me acordaré de sus pecados y maldades!” Y cuando éstos han sido perdonados, ya no hace falta otro sacrificio por el pecado.

El perdón divino no es solo un acto momentáneo, es una obra completa que nos libera del peso del pasado.

Bajo el Antiguo Pacto, los sacrificios servían como un recordatorio constante del pecado, pero en el Nuevo Pacto, establecido por Jesucristo, encontramos un perdón verdadero y definitivo. Así que para quien ha recibido este perdón, ya no es necesario ningún otro sacrificio, la obra de Cristo es suficiente.

La obra de Jesús tiene poder para salvar a toda la humanidad, pero se hace efectiva en aquellos que le han recibido como Su Señor y Salvador, y así como Él nos ha perdonado de manera tan generosa, también nos llama a perdonar de la misma forma.

Tal vez hoy recuerdes a alguien que te hirió… quizá recordar su nombre aún produce dolor en tu corazón… mira que, aferrarse a la ofensa te termina hiriendo a ti, perdonar es liberar tu propio corazón.

Perdonar como Dios perdona significa dejar de vivir en el pasado, a la vez que creas espacios donde florecen la compasión y la reconciliación, permitiendo que la gracia se convierta en el hilo conductor de tus relaciones.

¡El verdadero perdón no hiere… te libera!

 


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Raquel Toro

Amanece en Getsemaní 

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