En algún lugar de la antigua Judea,
el Joven Galileo acaba de predicar, al terminar, el reconocido fariseo Simón Le ha invitado a cenar
en su casa.
¡La cena tendrá lugar en el patio de la casa! Es grande, espaciosa y agradable; como en las casas de la
gente acomodada de la época, el colorido es añadido por un vistoso jardín y en
medio de él, una fuente de agua cristalina se desliza suavemente; este es
el sitio preferido para comer en los días calurosos y éste también ha sido
un día caluroso y de arduo trabajo para Jesús.
La puerta de la casa está
abierta, de par en par, se permite la entrada de todo el mundo, propios y
extraños, los seguidores auténticos, los curiosos, todo aquel que quiera oír La
sabiduría que fluye de los labios del Rabí, puede ingresar, “entrada libre” Pero no es así porque el
Rabí es Jesús, es así, porque era una costumbre judía que cuando se invitaba a
cenar a un Rabino, podía entrar todo el que quisiera entrar.
Jesús es el personaje central,
todos Le siguen, la cena ha sido preparada en Su honor y llega a la
puerta, en ese momento, Su anfitrión pasa por alto la regla más elemental de
cortesía con los invitados: Simón debía, ir a la puerta, recibirle, poner su
mano sobre el hombro del invitado y darle un beso de paz. Esta era una señal de
respeto que jamás se omitía y menos en el caso de un rabino distinguido. Pero, Simón
omite esta señal de respeto y bienvenida a Jesús, y sencillamente, Jesús
atraviesa el umbral y se dirige al lugar de la cena.
Los caminos de Judea son
polvorientos, el polvo lo cubre todo, también ha cubierto Los pies de Jesús, aun
así, no recibe el aliento del agua fresca que debía ser echada sobre los pies del invitado como segunda señal de cortesía, nuevamente, el fariseo omite otra
norma de bienvenida.
En Judea, los comensales no se
sentaban, sino se reclinaban a la mesa, en sofás bajos, apoyándose en su brazo
izquierdo y dejando libre el derecho para comer; extendían los pies hacia fuera
y se quitaban las sandalias durante la cena. Jesús se recuesta, extiende Sus
pies hacia fuera, detrás de Él, ¡Los pies que Simón se negó a refrescar! Y éste
es el momento en que una tercera norma de cortesía, ungir La cabeza del
invitado con un poco de aceite, también es omitida por Simón.
En algún otro lugar de la
polvorienta Judea, una joven mujer se entera que Jesús está cenando en casa de
Simón y piensa: ¡La puerta está abierta! Nadie impedirá el paso a una
pecadora porque la entrada es libre.
¡Ella necesita ver a Jesús! la
enorme carga de su pecado la ha dejado al margen de la sociedad judía. ¿Cómo
decirle la admiración que Él le causa, cada vez que Le ha oído desde el borde de la
multitud, predicando sobre el arrepentimiento y la llegada del Reino de los
Cielos?
La historia judía ni siquiera
recuerda su nombre, aunque tampoco la menciona como N.N., la ciudad la ha etiquetado y
la Biblia dirá “la pecadora”, mujer conocida por su mala conducta, es posible que fuera una prostituta,
pero no podamos asegurarlo, lo que sí sabemos, es que su conducta inmoral la
alejaba del pueblo escogido.
Apura el paso y lleva sus manos
hacia su cuello protegiendo el pequeño y costoso perfume de alabastro, es todo lo
que tiene, como todas las jóvenes
judías lo lleva colgado de su collar, ¡costumbres
de la época!
¡La casa de Simón está llena! sin
embargo al pasar por entre todos, le abren campo, nadie quiere ser tocado por
una pecadora, “aún hoy en nuestros días”
y ¡ahí está Jesús! recostado a la mesa; puede ser que en su mente ella hubiera preparado
lo que iba a decir, lo que iba a pedir, pero el solo hecho de verle, la
quebranta, Su cercanía la deja sin palabras.
No se atreve a pasar frente a
Jesús, pasa por detrás de Él y ve Sus pies, ¡Sus pies santos llenos del polvo
del camino! se arroja sobre ellos y su llanto fluye de tal manera que puede
bañar los pies de Jesús, así, literal, “bañar” Sus pies ; aquellos ojos
que habían sido la puerta de entrada y salida del pecado, se convierten ahora
en fuente de arrepentimiento; su rostro, antes maquillado, ahora, se contrae por
el llanto y es surcado por las lágrimas, llanto de arrepentimiento y adoración que
la conecta al Espíritu de Dios a través de Jesús.
Suelta su cabello para secar los
pies del Señor, que una mujer judía soltara su cabello en presencia de otros,
era una señal de desvergüenza, pero, ahora, la pecadora ha olvidado a quienes
están a su alrededor, la adoración por Jesús la ha sumido en un éxtasis en el
que sólo tiene conciencia de Su Señor; su cabello se convierte en la toalla
para secar los pies del Salvador, ¡Una toalla!
la adoración al Padre entregada en servicio a los demás, como habría de hacerlo
posteriormente Jesús.
¡La adoración entregada como
servicio! ¡No el servicio entregado como servicio! Cualquiera puede ofrecer un
servicio, el fariseo lo hizo, ofreció su casa, sus manjares, sus finos sofás,
dispuso sus criados y por la razón que fuera, con una motivación que aún
hoy no es transparente, él mismo ofreció “la
apariencia” de un servicio para Jesús.
Una vez bañó y secó los pies de
su Salvador, ¡los cubrió de besos! los mismos pies que Simón rehúso amar. Sin
amor por Jesús no hay adoración, nada tiene sentido; ¡Él es el motivo de nuestra
adoración!
Cuando parece que la pecadora ya
dio todo de sí: sus lágrimas, sus manos, su cabello, sus besos, todo su ser lo
entregó; entonces recuerda, ¡poseo algo! mi costoso perfume de alabastro y sin dudarlo lo descuelga de su
cuello y lo derrama ungiendo Los pies de Jesús.
Lucas
7:36-38 Uno de los fariseos invitó a Jesús a comer,
así que fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Ahora bien, vivía en
aquel pueblo una mujer que tenía fama de pecadora. Cuando ella se enteró de que
Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de
alabastro lleno de perfume. Llorando, se arrojó a los pies de Jesús, de manera
que se los bañaba en lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se
los besaba y se los ungía con el perfume.
¡Todo lo que somos, todo lo que tenemos a los pies de Nuestro Salvador!
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní


La mejor adoración que puede existir es rendirnos sin medida a los pies del nuestro salvador
ResponderBorrarAmén.... Amén... Bendiciones!
ResponderBorrarSin amor no hay verdadera adoración. Excelente mensaje no me canso de escucharlo. Gracias Dios te siga Bendiciendo.
ResponderBorrarAmén... amén... Bendiciones querida Felisa.
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