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martes, 20 de marzo de 2018

¡ENTRADA LIBRE!

En algún lugar de la antigua Judea, el Joven Galileo acaba de predicar, al terminar, el reconocido fariseo Simón Le ha invitado a cenar en su casa.


¡La cena tendrá lugar en el patio de la casa! Es grande, espaciosa y agradable;  como en las casas de la gente acomodada de la época, el colorido es añadido por un vistoso jardín y en medio de él, una fuente de agua cristalina se desliza suavemente; este es el sitio preferido para comer en los días calurosos y éste también ha sido un día caluroso y de arduo trabajo para Jesús.

La puerta de la casa está abierta, de par en par, se permite la entrada de todo el mundo, propios y extraños, los seguidores auténticos, los curiosos, todo aquel que quiera oír La sabiduría que fluye de los labios del Rabí, puede ingresar, “entrada libre” Pero no es así porque el Rabí es Jesús, es así, porque era una costumbre judía que cuando se invitaba a cenar a un Rabino, podía entrar todo el que quisiera entrar.

Jesús es el personaje central, todos Le siguen, la cena ha sido preparada en Su honor y llega a la puerta, en ese momento, Su anfitrión pasa por alto la regla más elemental de cortesía con los invitados: Simón debía, ir a la puerta, recibirle, poner su mano sobre el hombro del invitado y darle un beso de paz. Esta era una señal de respeto que jamás se omitía y menos en el caso de un rabino distinguido. Pero, Simón omite esta señal de respeto y bienvenida a Jesús, y sencillamente, Jesús atraviesa el umbral y se dirige al lugar de la cena.

Los caminos de Judea son polvorientos, el polvo lo cubre todo, también ha cubierto Los pies de Jesús, aun así, no recibe el aliento del agua fresca que debía ser echada sobre los pies del invitado como segunda señal de cortesía, nuevamente, el fariseo omite otra norma de bienvenida.

En Judea, los comensales no se sentaban, sino se reclinaban a la mesa, en sofás bajos, apoyándose en su brazo izquierdo y dejando libre el derecho para comer; extendían los pies hacia fuera y se quitaban las sandalias durante la cena. Jesús se recuesta, extiende Sus pies hacia fuera, detrás de Él, ¡Los pies que Simón se negó a refrescar! Y éste es el momento en que una tercera norma de cortesía, ungir La cabeza del invitado con un poco de aceite, también es omitida por Simón.

En algún otro lugar de la polvorienta Judea, una joven mujer se entera que Jesús está cenando en casa de Simón y piensa: ¡La puerta está abierta! Nadie impedirá el paso a una pecadora porque la entrada es libre.

¡Ella necesita ver a Jesús! la enorme carga de su pecado la ha dejado al margen de la sociedad judía. ¿Cómo decirle la admiración que Él le causa, cada vez que Le ha oído desde el borde de la multitud, predicando sobre el arrepentimiento y la llegada del Reino de los Cielos?

La historia judía ni siquiera recuerda su nombre, aunque tampoco la menciona como N.N., la ciudad la ha etiquetado y la Biblia dirá “la pecadora”, mujer conocida por su mala conducta, es posible que fuera una prostituta, pero no podamos asegurarlo, lo que sí sabemos, es que su conducta inmoral la alejaba del pueblo escogido.

Apura el paso y lleva sus manos hacia su cuello protegiendo el pequeño y costoso perfume de alabastro, es todo lo que tiene, como todas las jóvenes judías lo lleva colgado de su collar, ¡costumbres de la época!

¡La casa de Simón está llena! sin embargo al pasar por entre todos, le abren campo, nadie quiere ser tocado por una pecadora, “aún hoy en nuestros días” y ¡ahí está Jesús! recostado a la mesa; puede ser que en su mente ella hubiera preparado lo que iba a decir, lo que iba a pedir, pero el solo hecho de verle, la quebranta, Su cercanía la deja sin palabras.

No se atreve a pasar frente a Jesús, pasa por detrás de Él y ve Sus pies, ¡Sus pies santos llenos del polvo del camino! se arroja sobre ellos y su llanto fluye de tal manera que puede bañar los pies de Jesús, así, literal, “bañar” Sus pies ; aquellos ojos que habían sido la puerta de entrada y salida del pecado, se convierten ahora en fuente de arrepentimiento; su rostro, antes maquillado, ahora, se contrae por el llanto y es surcado por las lágrimas, llanto de arrepentimiento y adoración que la conecta al Espíritu de Dios a través de Jesús.

Suelta su cabello para secar los pies del Señor, que una mujer judía soltara su cabello en presencia de otros, era una señal de desvergüenza, pero, ahora, la pecadora ha olvidado a quienes están a su alrededor, la adoración por Jesús la ha sumido en un éxtasis en el que sólo tiene conciencia de Su Señor; su cabello se convierte en la toalla para secar los pies del Salvador, ¡Una toalla! la adoración al Padre entregada en servicio a los demás, como habría de hacerlo posteriormente Jesús.

¡La adoración entregada como servicio! ¡No el servicio entregado como servicio! Cualquiera puede ofrecer un servicio, el fariseo lo hizo, ofreció su casa, sus manjares, sus finos sofás, dispuso sus criados y por la razón que fuera, con una motivación que aún hoy no es transparente, él mismo ofreció “la apariencia” de un servicio para Jesús.

Una vez bañó y secó los pies de su Salvador, ¡los cubrió de besos! los mismos pies que Simón rehúso amar. Sin amor por Jesús no hay adoración, nada tiene sentido; ¡Él es el motivo de nuestra adoración!

Cuando parece que la pecadora ya dio todo de sí: sus lágrimas, sus manos, su cabello, sus besos, todo su ser lo entregó; entonces recuerda, ¡poseo algo! mi costoso perfume de alabastro y sin dudarlo lo descuelga de su cuello y lo derrama ungiendo Los pies de Jesús.

Lucas 7:36-38 Uno de los fariseos invitó a Jesús a comer, así que fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Ahora bien, vivía en aquel pueblo una mujer que tenía fama de pecadora. Cuando ella se enteró de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume. Llorando, se arrojó a los pies de Jesús, de manera que se los bañaba en lágrimas. Luego se los secó con los cabellos; también se los besaba y se los ungía con el perfume.

 ¡Todo lo que somos, todo lo que tenemos a los pies de Nuestro Salvador!


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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní

4 comentarios:

  1. La mejor adoración que puede existir es rendirnos sin medida a los pies del nuestro salvador

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  2. Sin amor no hay verdadera adoración. Excelente mensaje no me canso de escucharlo. Gracias Dios te siga Bendiciendo.

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