Lucas 22:39 Jesús salió de la ciudad y, como de costumbre, se dirigió al monte de los Olivos, y sus discípulos lo siguieron.
Jerusalén estaba situada en la cima de una
montaña, no había en ella, lugar para espacios abiertos, ni jardines de tamaño
considerable, todos los metros cuadrados eran valiosos para la construcción,
precisamente por ello, los ciudadanos ricos tenían sus jardines privados en las
laderas del Monte de los Olivos.
Este monte tiene el privilegio de brindar la
mejor vista panorámica hacia Jerusalén, La Escritura nos permite imaginar que muchas
veces, Jesús debió quedarse mirando hacia la ciudad mientras anhelaba que fuera sensible a Su amor perdonador, pero no fue así.
¿Sabes de los amigos anónimos que tuvo Jesús
en Sus últimos días? Aquel que le prestó el asno que nadie había montado para
hacer Su entrada en Jerusalén; el que le prestó el aposento alto en el que
celebró la Última Cena; también aquel que fue a reclamar Su cuerpo luego de
morir y le dio sepultura en una tumba de su propiedad, y ahora, tenemos al que le
prestó su huerto en el monte de los olivos y entonces, Jesús podía entrar en
él, cada vez que quisiera. En ese desierto de odio, todavía había oasis de amor
y de servicio para el Señor.
Los israelíes, con su profundo sentido
histórico, han conservado un Olivo de más dos mil años de edad. Quienes han
tenido la fortuna de visitarlo dicen que, a cierta distancia, junto al cerco
protector del milenario árbol, hay una especie de experiencia mística que
ocasiona sollozos y lágrimas, al pensar que ese viejo olivo fue un testigo
vegetal, inconsciente pero real, del sufrimiento de nuestro Redentor en la
noche de Su agonía.
El fruto del olivo son las aceitunas, y las
aceitunas producen el preciado aceite de olivas, que no sólo tiene tan excelentes
efectos sobre la salud, sino que es un rico simbolismo espiritual para judíos y
cristianos.
¿De qué es símbolo? ¡Del Espíritu Santo! ¡El
Divino productor del aceite de la unción! No es una casualidad que los olivos
estén allí en ese lugar de oración de Jesús, como si fuesen la representación gráfica
de La presencia del E.S. en medio de Su oración.
En Levítico, cada mañana el sacerdote ponía
más leña sobre el altar, a fin de que siempre estuviese el fuego encendido. Así,
Nuestro Gran Sumo sacerdote, fluye en el fuego del Espíritu, en los amaneceres
en Getsemaní, saturándose de la Presencia del Padre, te diré… que La Presencia
del E. S. en la oración, es indispensable.
¿Sabes que cuando Jesús regrese, pondrá su
pie nuevamente en el Monte de los Olivos, en Getsemaní?
Zacarías 14:4 “En aquel día
pondrá el SEÑOR sus pies en el monte de los Olivos, que se encuentra al este de
Jerusalén, y el monte de los Olivos se partirá en dos de este a oeste, y
formará un gran valle, con una mitad del monte desplazándose al norte y la otra
mitad al sur.
Cuánto amó el Señor Jesús ese lugar, en el que
podía comunicarse íntimamente con Su Padre… Dime... ¿Tú tienes tu lugar habitual
de oración? En el que sólo al entrar en él, en cada amanecer, puedes, en medio
de tu oración, entrar en esa comunicación íntima con tu Padre, ¿en La presencia
de Su Santo Espíritu?
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Raquel Toro
Amanece en Getsemaní


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