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lunes, 12 de mayo de 2025

SESENTA Y CUATRO AÑOS

Recordemos a Ana...

En el plan de Dios, Ana vivió durante una época muy especial de la historia, el tiempo en que Jesús, acababa de nacer. Aunque no existe un tiempo parecido a aquel, vivimos en los días de la historia que Dios, en su sabiduría infinita, nos designó. 

Lucas 2:36-38 Había también una profetisa, Ana, hija de Penuel, de la tribu de Aser. Era muy anciana; casada de joven, había vivido con su esposo siete años, y luego permaneció viuda hasta la edad de ochenta y cuatro. Nunca salía del templo, sino que de día y noche adoraba a Dios con ayunos y oraciones. Llegando en ese mismo momento, Ana dio gracias a Dios y comenzó a hablar del niño a todos lo que esperaban la redención de Jerusalén.

Siendo descendiente de la tribu de Aser, Ana, era ejemplo de unción y firmeza. Tenía el don de profecía, tanto porque proclamaba la Palabra de Dios como también para proclamar el evento futuro que Dios le daría a conocer cuando sus arrugados ojos vieran el bebé en brazos de María.

Después de estar casada apenas siete años, su esposo murió y Ana escogió una vida de ayuno y oración en el templo.

Como viuda, sabía lo que era el sufrimiento, la soledad, pero no era amargada. El sufrimiento puede producir en el corazón humano: dureza, amargura, resentimiento y rebeldía hacia Dios, o lo contrario: compasión, misericordia y generosidad. Una tragedia triste en tu vida, puede hacerte perder la fe o arraigarla aún más. Todo depende de cómo percibes a Dios: si le consideras un tirano, experimentarás resentimiento; si le amas, podrás aferrarte a Él y recibir restauración.

Ana tenía aproximadamente ochenta y cuatro años, su cabello ya estaría blanco, su piel arrugada, en  fin. Pero no usaba su estado de viuda para obtener provecho personal, tampoco se había convertido en una mujer desocupada o pendiente de lo ajeno; no daba pie a malos comentarios acerca de ella, todo lo contrario, esta bella mujer no había dado cabida a la decepción y la amargura, sino al gozo en el Señor.

En un sentido más profundo, Ana vivía permanentemente en la presencia del Señor, por tanto, sobre ella reposaba el Espíritu Santo, si hacemos cuentas, veremos que Ana enviudó sobre los 20 años, ¿te imaginas 64 años dedicados a la oración y al ayuno? No eran arrebatos inesperados, no eran destellos emocionales, sino una vida dedicada a la oración.

Sé que no tienes una vida que te permita, como Ana, dedicarte a Dios de la forma en que ella lo hizo. Gracias a Dios por las responsabilidades, por las obligaciones que cumplir, pero mira que, a veces, las tornamos en excusas para no darle a Dios el tiempo que espera de ti.

Ese día, en que José y María llegan al Templo para presentar el Niño al Señor, resultó ser, ¡el día más especial de sus ochenta y cuatro años de vida terrenal! Había estado esperando para ver al Mesías que Dios había prometido en las Escrituras.

Ana enseñaba sobre la promesa de la venida del Mesías, pero ese día su mensaje cambió, ya ERA: “un día el Salvador vendrá” sino “el Salvador ya ha llegado, el Señor está entre nosotros, mis ojos lo han visto” La vida y el Mensaje de Ana cambiaron, empezó a hablar de Jesucristo.

Dime… ¿Tu vida cambió desde que conociste a Jesús? Entonces haz como Ana, cuéntale a todos los que puedas del Cristo resucitado que vino a darte vida y vida en abundancia.


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Raquel Toro

Amanece en Getsemaní

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